Algunas características de la muerte

 
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Materia:    La muerte

Título:    Algunas características de la muerte



Autor:    Eugenio Tait

Fecha publicación:    12/2000


Su atemporalidad

Sabemos que nuestro cuerpo se degrada al morir y también que en soledad a sí mismo se construye al nacer. Simplemente nuestro cuerpo es prestado de una materia prima que la dirigimos de una forma vegetativa, o bien, inconsciente. Por ello, únicamente podemos afirmar una transmigración de las trascendentalidades a su propio plano de contención metafísico, pero no tenemos ningún derecho en especular que se formará o no en otro individuo. Empero esta negación de la metempsicosis entonces no negará necesariamente la metamorfosis(04a).

Se ha dicho en otra parte, como observara Schopenhauer, que el dormir es una parte de la muerte. Mostramos otro pasaje(07b):

[...] La muerte es un sueño en que se olvida de despertar al durmiente, pero todo lo demás despierta, o mejor dicho, permanece despierto.
Así, en el sueño de onda lenta el individuo no comparte con otros su experiencia y, ajeno a lo fenoménico, es para sí y en sí sólo ser; es decir, trascendencialidad metafísica. Por ello, y como ejemplo, tenemos que en estos intervalos referenciados por el reloj mecánico suelen ser tan elásticos; en otras palabras, que a veces nos parece haber dormido mucho y otras veces muy poco. Será el sueño paradójico con su actividad oscilatoria, programada de antemano por la vida, la que nos despierte de este estado "vegetativo" o moribundo a través de excitaciones neurológicas en el interior de nuestro cerebro. De esta forma entendemos que morimos varias veces cada noche.

En el mismo acto sexual deviene esta significación de la muerte luego de su cópula, o sea, que luego de garantizada la gran probabilidad de perpetuar la especie deviene el descanso, ese relax físico de los cuerpos como indicador correlativo de la voluntad misma de la Naturaleza que repara en la eliminación de sus progenitores; y más se da esto en el hombre que en la mujer, pero no solamente por el desgaste, sino porque es a ella a la que apelará la Naturaleza de un tiempo extra para engendrar al hijo. Esto es un signo que encierra un referente, la referncia de que el sujeto luego de procrear puede morirse y a la Naturaleza ya no le importa. Sabemos que la araña viuda es un ejemplo.

Veamos lo que nos dijera Schrödinger(11):

[...] Entonces, ¿no hay nada después de la vida? No. No en la forma necesariamente espacio-temporal de la experiencia. Pero, en un orden de apariencia en el que no juega el tiempo, esta noción de «después» carece de sentido. El pensamiento puro no puede, claro, brindarnos una garantía de que algo así existe. Pero puede eliminar los obstáculos aparentes para que podamos concebirlo como posible. Esto es lo que Kant ha conseguido con su análisis y esto es, para mi, su importancia filosófica.
y antiguamente Heráclito:

No encontrarás los límites del alma, aunque vayas y recorras todos los caminos, tan profundo es su sentido.
El sentir postfísico

Es lo más común encontrar en la gente la siguiente reflexión: «¿Qué pasa con los sentimientos cuando uno muere,... a dónde van a parar? Bien, la respuesta, en verdad, siempre será equívoca o incompleta si se la quisiera dar puesto que su argumentación está errada.

El error de esta pregunta se encuentra en que no podemos conjugar al sentir interno sino sólo el estar de lo visceral. Es decir, que los sentimientos no pasan o viajan nunca a ningún lado pues no se encuentran ni en el tiempo ni en el espacio.

Por otra parte, la muerte se caracteriza entre tantas otras cosas por ser un momento en el cual no sabemos cuando en verdad ocurre (05,02) según lo demuestran personas que se han acercado al hecho, puesto que al fenecer, ya no hay conciencia, los feligreses pueden consultar esto en "Las Sagradas Escrituras Bíblicas" en Génesis 3: 9, Salmo 146: 3-4, Eclesiastés 9: 5 y 10, etc. Pero, sin embargo, eso no quita que sigamos sintiendo sentimientos sin sensaciones; esto es, que una vez acabadas las percepciones del espacio-tiempo nadie puede negar que lo que existía trascendentalmente como fuero íntimo en nosotros y ajeno a éstos deje de "serlo". De hecho, en esta obra se defiende este punto. Al respecto Schopenhauer dice (08c):

[...] la conciencia existe en la inteligencia, y he demostrado que ésta pertenece a la actividad cerebral; es una función orgánica que forma parte del fenómeno, por consiguiente, y desaparece con él. [...]
Así como una muela que se saca ya no se siente, y solamente podrá sentirse a veces una sensación localizada que la identifique en el lugar orgánico que dejó pero no en el lugar donde quedara, de la misma forma en la muerte no sentiremos nuestro organismo degradarse.

Cuando uno muere no sentirá nada de lo visceral aunque sí las cuestiones que han sido metafísicas en esta vida como lo son todos los sentires, es decir las sensaciones y sentimientos, puesto que no son degradables sino trascendentables.

Estamos en un mundo de sensaciones, pero venimos y vamos a un mundo de sentimientos. "Allá" todo "será" lo que "fué": sentimientos, amor, miedo, moral, gusto y demás. Si bien el amor aquí es uno, el temor es uno, etcétera, todo sentir en sí se nos aparece como Uno; y cuando fenezcamos no es que "sigamos siendo", sino que "volvemos" al Todo que a todos afecta, es decir, a ese concepto holístico oriental.

El regreso a la trascendencia

Tal como la Naturaleza va proveyendo al niño de su adaptación a la vida, lo mismo lo hace con el anciano porque le va creando una nueva infantilidad, puesto que como ya no se encuentra en edad de progenie y ha ido perdiendo las pasiones, se interesa sólo en las vitalidades de su propio ser y las cuestiones de la edad madura ya le parecen superfluas, cuando también las muchas de las veces hasta cómicas. Todo esto en el anciano termina en la denominada postura demencial senil, en ese delirio de ensimismamiento y deslinde de responsabilidades mundanas.

Distinguimos este estado del denominado locura que consiste en la falta o deformación de la memoria porque, en realidad, si bien posee tales "defectos", son presencias necesariamente naturales. La locura propiamente dicha demarca algo no natural como fruto del accidente de la vida misma. Poco podemos hablar al respecto sino se es especialista en el tema. Pero, en cuanto a la vejez no es así, ya que consiste en una estado preparado por la Naturaleza para la transmigración de la trascendentalidad del individuo a ese mundo irracional, a ese dominio donde no existen los principios de razón y menos de la cordura, del sentido.

La Naturaleza dispone de varias "lógicas". Una de ellas no es la vigilia, ni la onírica, sino la misma demencial, puesto que la utiliza e imprime en los ancianos como para ir preparándolos frente a la muerte; o sea, desarraigándolos de una "lógica" para entrar en otra, desapegos materiales, indiferencias, etc.

"Venimos" desde niños de un mundo trascendental y como tales con una "lógica" diferente. Es por ello que el infante se muestra incongruente y ávido a gozar de las cosas nuevas como en el disfrute de todo amanecer. Por el contrario, el anciano, que ya la Naturaleza le ha dado la oportunidad de perpetuar la especie -es decir mantener el follaje del árbol de la vida como indicara Schopenhauer-, la Naturaleza lo vuelve a preparar para el "regreso".

Es todo así oculto, no sólo bajo el velo de la real intención de la Naturaleza, sino por las equívocas interpretaciones que le ha dado el hombre a todos estos factores que, tras estar condicionado, estereotipado, prejuiciado, con un dogma occidental y eclesiástico, predominantemente Católico, explica equivocadamente las realidades que se plantean. Empero no es tan así en la sabiduría de oriente que ha podido, desde una mira trascendental, comprender mejor los íntimos de la especie.

De esta manera un cáncer, por ejemplo, descarna al vivo y lo hace sufrir; pero no así, en contraste, una muerte eutanásica dada por la vejez que de a poco y poco le va cambiando al individuo el estado de conciencia por el desapego de lo material y volver a las cuestiones trascendentales, que también cobran sumo interés en el niño.

Por todo ello la muerte está preparada por la Naturaleza y predispone al cansado anciano a dejar este mundo porque le duele todo lo que respecta a éste, ya sea en lo físico como en lo espiritual, moral, eudemonológico, etc. Aun sus hijos van dejando de sufrir al respecto porque han hablado y compartido todo cuanto les era en común, y ya no dependen de él tampoco. En la misma indumentaria del anciano se ve el desgano, el regaño, la entropía y la desazón; no así en el niño que le espera la vida. El primero gusta de vestir el color de la oscuridad, el segundo el de la luz como metafísica que transcribe el mundo que ha llegado a iluminar, se le ha "dado a luz" al nacer.

El humor es también fuente de contraste. La disminución de la risa como acierta el proverbio que dice "Nunca confíes en un viejo que ríe mucho, ni en un joven que ríe poco". Esto se da porque las canas han aumentado paralelas el conocimiento sobre la vida, es decir, han brindado información y por consiguiente incertidumbre, decayendo su ostensión trascendental.

Observemos lo que nos dijera el médico Ingenieros(03):

La sensibilidad se atenúa en los viejos y se embotan sus vías de comunicación con el mundo que les rodea; los tejidos se endurecen y tórnanse menos sensibles al dolor físico. El viejo tiende a la inercia, busca el menor esfuerzo; [...].
A medida que envejece, tórnase el hombre infantil, tanto por su ineptitud creadora como por su achicamiento moral.[...]
Según nuestros estudios "entrar" en la muerte es metafísico, lo mismo que "salir" a la vida. Por ello toda representación en este dominio carece de sentido; a lo sumo será de extrasentido. Así, toda disciplina, pensamiento, o lo que fuera, que propugna una representatividad en este plano se equivoca. Pero con esto no se niega la veracidad de tantas experiencias vividas por mucha gente, sino que se las debe presentar como que no han estado muertas sino sólo en un estado previo. Son parte de estos pensamientos las consideraciones de viajes astrales postmuerte, ciertas experiencias místicas, o bien las conocidas que se encuentran detalladas por el médico Moody en su libro Vida después de la vida.

De todo lo dicho podemos deducir que cuando nos morimos se pierden las sensaciones pero "quedan" sus revivicencias y los sentimientos; es decir, "queda" nuestro verdadero «yo», amores, angustias, etcétera. La degradación de los órganos cesará toda actividad consciente, o sea de la conciencia, aprehensión de las objetividades. "Estos" últimos, los sentimientos, se "mantendrán" de igual manera que como "vinieron" al mundo desde el «más allá», y al cual "retornan". Así, el mundo deja de existir para el individuo, que «ni nació ni murió». Empero no se encuentran argumentos para afirmar la metempsicosis.

Debe por tanto el ser humano aprender a darle el real valor a las cosas. Y, entre ellas, saber mirar "con otros ojos" a las demás personas, animales y vegetales. A sus seres queridos que, algún día no "estarán" o no "estaremos"; aunque sí estará siempre el vínculo trascendente que homogeiniza los mundos físico-metafísico, a saber: el sentimiento en sí.

La angustia por la muerte

Todos tenemos este factor. Morir tal vez sería placentero si uno supiese qué es lo que hay del "otro lado". Bien, esta obra apunta a este único fin, ya se ha dicho: a disminuir la angustia por la muerte.

Quiere enseñarles esta obra que allí no hay una nada vacía, sino una nada llena. Que debemos convencernos que "allí experimentaremos" lo mismo que nuestros demás queridos, ser con ellos y con los que "llegarán".

Aunque los muertos no están, uno puede seguir sintiéndolos en forma consciente. El recuerdo de la memoria, como trascendental, se homogeiniza con ellos. Las mismas vivencias que podemos experimentar como sentimientos o sensaciones presentes se funden en el todo de la eternidad con ellos a cada momento. Recíprocamente, los sentires de ellos, que se han conjugado en este mundo mientras estaban se perpetúan como eternidad cada instante de todo el fenómeno que les está ausente. Esto es importante.

Por esto los ausentes no «están», sino «son». Es decir, y si se nos permite el equívoco de conjugar el verbo "ser" para acentuar la explicación, diremos simplemente que no están pero siguen siendo. Y esto se da para nosotros que seguimos en el medio fenoménico, es decir, en las espacio-temporalidades, por cuanto será válido no solamente sobre los ya fenecidos, sino también para aquellos ausentes como no-presentes o en estado vegetativo.

Por otra parte, si la Naturaleza nos ha parecido sabia en sus creaciones y desenlaces, y ha sido la responsable de formarnos en este mundo, sería prudente resignarnos a su entrega para desaparecer fenoménicamente del mismo. Debiera ser nuestro pensamiento en lugar de este mandato supuesto de ella: «vé y quédate», el reemplazo por este otro: «vé por un tiempo y regresa».

El animal, por ejemplo, se entrega a la muerte como se entrega al sueño, como se entrega al descanso y, según pareciera, lo asume como si supiera que ése no es un sueño como cualquiera.

Conclusiones

En suma, así como todo placer no tiene teleología, es decir, fin terminado, sino sólo el dolor, y un ser vivo se conforma en este mundo por la continuidad de dicho factor -ya sea fecundado o clonado-, se infiere que la muerte tampoco para su trascendentalidad tendrá final. En otros términos, debe necesariamente fenecer, puesto que ha sido engendrado del mismo placer que no posee perpetuidad fenoménica.

Así entonces, puesto que como "venimos" y "volvemos" de este otro mundo, habría que preguntarnos si tiene sentido o, mejor dicho, extrasentido el determinarnos acá, es decir, en el estar de este mundo fenoménico.

Sentimos a los ausentes -muertos o no- con la misma intensidad que si estuvieran presentes. No hay tiempo para ello, como tampoco hay localización espacial de su ubicación en nuestro organismo fisiológico. Y, como lo temporal-espacial es lo que configura lo fenoménico material, se desprende de que lo que sentimos es inmaterial.

¿Usted tiene dudas del sentimiento que tiene por su hijo u otro ser querido ausente que no ve ni puede tocar? Seguramente que no, puesto que aunque no lo perciba sensorialmente hay seguridad ya que esto es dado en un dominio fuera del tiempo y del espacio. Los "ojos espirituales" a que se refería Cristo no son más que las percepciones extrasensoriales, o sea trascendentales. Schopenhauer ha dicho(021):

[...] La vista grosera del individuo está turbada por lo que los indios llaman el velo de Maya; en lugar de la cosa en sí no ve más que el fenómeno en el tiempo y en el espacio, en el principio de individuación y en las demás formas del principio de razón. [...]" (§ 63, p. 164)
Queda, como desafío a los seguidores de nuestro pensamiento, la posibilidad de hacer una Segunda Filosofía Crítica Trascendental, es decir, de "indagar" qué es ese "otro mundo", cómo es, y, sobre todo, si existe la posibilidad de comunicarnos con él con la vía racional y explicativa.

Bibliografía:

01 ABENTOFÁIL, Abucháfar: El filósofo autodidacto (1100-1185), trasd. por Francisco P. Boigues, 2a ed., Bs. As., Espasa-Calpe, 1954, pp. 51-65.
02 DIDEROT, Denis: Conversaciones entre D´Alembert y Diderot, en Sainte-Beuve: Obras filosóficas, Bs. As., TOR, s/f Sueño D´Alembert, p. 82.
03 INGENIEROS, José: El hombre mediocre, Bs. As., Losada, s/f, cap. II, § IV.
04 LEIBNIZ, Gottfried W.: Principios de la Naturaleza y la Gracia, fundadas en la Razón, en Fundamentos de la Naturaleza, trad. por A. Gregori, Bs. As., TOR, s/f., 04a § 6, p. 63., 04b § 6, p. 62.
05 LEIBNIZ, Gottfried W.: Nuevo sistema de la Naturaleza y de la comunicación de las substancias, como asimismo de la unión que existe entre el alma y el cuerpo (1695), en Opúsculos filosóficos, trad. por Manuel G. Morente, Madrid, Calpe, 1919, § 7, p. 29.
06 SCHMITT, Carl: El Leviathan en la teoría del Estado de Tomás Hobbes (1938), trad. por Javier Conde, Bs. As., Struhart, Año, p. 34.
07 SCHOPENHAUER, Arthur: El Mundo como Voluntad y Representación (1819), Madrid, Orbis Hyspamérica, 1985, vol. I.
07a Libro IV, Segunda consideración, § 54, pp. 98-99.
07b Libro IV, Segunda consideración, § 54, p. 101.
07c Libro IV, Segunda consideración, § 54, p. 99.
08 SCHOPENHAUER, Arthur: El Mundo como Voluntad y Representación (1844), trad. por Eduardo Ovejero y Maury, Bs. As., El Ateneo, 1950, vol. II.
08a Libro IV, cap. XLI, p. 540, 541, 542 y 543.
08b Libro II, cap. XVIII, p. 218; cap. XIX, pp. 230, 233-234 y 260.
08c Libro IV, cap. XLI, p. 549.
08d Libro IV, cap. XLI, pp. 525, 557-558 y 564.
09 SCHOPENHAUER, Arthur: El Amor, las mujeres y la muerte (¿1851?), s/trad., Bs. As., Malinca Pocket, 1964.
09a cap.: La Muerte, pp. 82-83.
09b cap.: La Muerte, pp. 81-82 y 85.
10 SCHRÖDINGER, Erwin: La naturaleza y los griegos (1948), trad. por Federico Portillo, Madrid, Aguilar, 1961.
10a cap. VII, pp. 103-105.
10b cap. VII, p. 107.
11 SCHRÖDINGER, Erwin: Mente y materia (1956), trad. por Jorge Wagensberg, 4a ed., Barcelona, Tusquets, 1990, cap.: Ciencia y religión, p. 74.

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Capitulo 14 de "Filosofía Crítica Trascendental"
de Eugenio Tait
Licenciado en Filosofía
Ingeniero en Electrónica y en Electricidad
taiteuge@copetel.com.ar
www.geocities.com/EugenioMTait

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Facultad de Ingeniería
Departamento de Electrónica
Áreas de Bioingeniería y Teoría de Control
Universidad Nacional de Mar del Plata (Argentina)
www.fi.mdp.edu.ar



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