Familia: problemáticas actuales

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Materia:    Modelos de familia

Título:    Familia: problemáticas actuales

Autor:    María Cristina Rojas

Fecha publicación:    05/06/2001


Al plantearnos cuáles son las problemáticas predominantes en las familias actuales y por ende con qué modalidades abordarlas, no podemos dejar de señalar las notables transformaciones que las configuraciones familiares han experimentado en tanto parte de un tejido social a su vez en intenso y acelerado proceso de cambio. La familia se ha transformado tanto en lo que hace a sus integrantes y modos visibles de configuración como en roles, funciones y expectativas sociales establecidas para cada uno de sus miembros.

Diversidades familiares

En décadas pasadas, las familias que no se adecuaban a un modelo de alta vigencia como fue el propuesto por la familia burguesa, es decir, la familia constituida por una pareja vitalicia, sus hijos y familias de origen, fueron consideradas versiones carenciadas o enfermizas de dicho modelo. A modo de ejemplo, las familias monoparentales fueron en alguna época denominadas "rotas" o "deshechas". Correspondían especialmente a la marginalidad, en los mismos tiempos en que las clases medias sostenían el modelo burgués como único y perenne.

Por lo general, se trataba de mujeres con sus hijos, quienes sufrían carencias económicas muchas veces conectadas con la escasa inserción femenina en los procesos productivos, agravada por los requerimientos de la crianza no compartida de los hijos. A menudo, las problemáticas de tales familias fueron interpretadas en relación con la presunta "descomposición" del modelo familiar prescripto. Eran evaluadas, y aí solían pensarse a sí mismas, como un retazo de familia, conjunto al que faltaba una parte, mutilado respecto de las expectativas globales y con frecuencia también propias. Su extensión a partir del divorcio a capas sociales altas y medias, su incremento también ligado a nuevas lógicas culturales que las validan como configuración familiar viable y aun elegida por algunos, les dio más jerarquía y aceptación.

Hoy disminuye la tendencia a considerar los cambios como patologías, y las diversidades familiares son a menudo pensadas, por el contrario, como distintas configuraciones. La existencia de numerosas familias no adecuadas a dicho modelo nos plantea, a nivel social, el requerimiento de utilizar otros términos junto al sustantivo común familia para nombrar sus diversas configuraciones: hablamos así de familias ensambladas, familias monoparentales, familias de primeras nupcias; hay también familias con hijos adoptivos, familias conformadas a partir de parejas homosexuales, etc.

Una breve historia: la familia previa a la fase industrial fue conocida como familia extensa; en esa familia campesina, verdadera unidad productora, convivían ascendientes, descendientes y colaterales: eran grupos amplios, y en ellos los lazos afectivos se diversificaban. A partir del desarrollo industrial y la urbanización la familia se reduce al grupo que los sociólogos denominan nuclear o conyugal: padres e hijos. Esto recarga los lazos afectivos y se configura ese modelo que se denominó la familia burguesa: madre al servicio del bebé, hijo como proyecto central, padre abastecedor económico pleno de autoridad y con escaso contacto con los hijos, en especial en lo que hace al contacto corporal. Modelo ya hoy tradicional, transformado en todos sus parámetros a partir del divorcio, la salida de la mujer al mundo cultural y productivo, la redistribución del poder en la pareja, el comienzo de la crianza compartida, la pérdida de autoridad de los padres, etc.

No se trata entonces de referirnos a "la familia" sino de considerar la existencia de diversidades familiares.

Pérdida de la asimetría parentofilial

Entre las múltiples problemáticas propias de la familia de hoy, abordaré en esta oportunidad dos cuestiones frecuentes en la consulta. En primer término, tomaré en cuenta una cuestión relevante en las familias con niños y adolescentes y la designaré como "la cuestión de las asimetrías."

Para ello, propondré primero algunas definiciones acerca de la familia y sus funciones en el mundo de hoy, desde una perspectiva específica, la psicoanalítica. Entiendo que dichas funciones se refieren a la constitución del psiquismo de los descendientes, a través de dos operaciones centrales: de sostén y de corte. Uds. reconocerán en ellas la función de interdicción paterna y la función materna erogeneizante. Prefiero no utilizar tales denominaciones, "paterna" y "materna", ya que también responden a un modelo determinado de familia y dado que se trata de funciones que pueden ser detentadas por distintos personajes, más allá de los padres.

Estas operaciones se sustentan en la asimetría entre psiquismos constituidos y otros, de los niños, en vías de constitución. La familia no desempeña con exclusividad su función constructiva: la producción de subjetividad es resorte de distintos sectores de la trama social.

Si en la familia burguesa los vínculos endogámicos se hallaban fuertemente investidos, dándose lugar a distintas configuraciones de la violencia y el autoritarismo, hace algunas décadas surgen formas de control social de los vínculos intrafamiliares que implican la "intrusión" en ese espacio hasta entonces casi sagrado. Aparece, de este modo, un desplazamiento del saber de los padres a otras figuras sociales: pediatras, psicólogos, docentes, psicopedagogos que se va trasladando en especial a los consultores mediáticos. La consulta a los mismos sustituye la sanción disciplinaria intrafamiliar, o el consejo y la experiencia de la familia ampliada.

Al no apoyarse en la escuela de los propios antepasados y en su misma crianza, los padres pierden saber y esto configura una de las piedras angulares de la decadencia del poder parental. En cuanto al hombre específicamente, deja de lado el verticalismo anterior propio de su lugar en la familia y gana en proximidad y comunicación con los hijos. Establece con ellos una relación de mayor intimidad que incluye el contacto corporal y asume las prácticas propias de una crianza en gran medida compartida.

En relación con esta y otras cuestiones aparecen la problemática clínica de la pérdida de las asimetrías y las dificultades consiguientes de los padres para contener y regular a los hijos con modalidades contrapuestas a los excesos verticales y autoritarios de las familias de etapas anteriores.

Cuando quienes ocupan el lugar de padres no pueden dar cuenta de su función, tienden a sobreestimular la independencia de los hijos, lo que parece liberarlos de una problemática parentalidad. Incluso esperarán a veces, ya en el terreno de las patologías más severas, construir padres en esos hijos a los que debieran apuntalar, en un intento de inversión de la ineludible asimetría del vínculo parentofilial. Suele también extremarse la permisividad, lo cual conforma la contracara del autoritarismo, a veces con efectos semejantes. Esta problemática atañe a la familia con niños y adolescentes, en particular en los momentos constitutivos, ya que se hace necesario que los adultos ofrezcan puntos de certeza y sostén al niño para favorecer su conformación psíquica, la fundación de su inconciente.

La hipervaloración de la resolución individual acarrea una crianza centrada en valerse por sí mismo, a veces prematuramente. En tales casos, bajo el revestimiento de una deseable democracia favorecedora de la autonomía los hijos suelen carecer de contención y sostén encontrándose a veces recargados de expectativas que no pueden satisfacer. Aparecen en ocasiones como padres de sus padres; esto se ve expresado en ciertas producciones sintomales o en actuaciones.

En la clínica de estos casos es preciso operar sobre los obstáculos para asumir la parentalidad. Si bien singulares, hay algunas condiciones favorecedoras que encontramos con frecuencia, como el deseo de diferenciarse de las propias figuras parentales, lo cual conlleva el rechazo de las identificaciones. Esto deja a los padres sin modelos próximos y a su vez en un estado de desamparo, que transfieren a los hijos. A veces demandan de ellos mismos las respuestas.

(madre médica, 33, al hijo de 6 años, en otra primera entrevista: " ¿Y, Esteban, qué pensás hacer con tu enuresis?")

En cuanto a la intervención terapéutica encontramos que al debilitarse el apuntalamiento dado por los lazos sociales y familiares, en relación con el a veces tenue armado de la trama vincular, la función terapéutica opera en el sentido de la conformación de un lazo que fortalezca la nunca prescindible apoyatura vincular del psiquismo. El ser humano no puede prescindir a lo largo de su vida del vínculo con otros: la intervención estimula la ligadura vincular, el apego y el sostén.

En la familia endogámica del modelo burgués con frecuencia la intervención remarca en cambio las singularidades y favorece las aperturas vinculares, dada la tendencia de las mismas al cierre; tan diferente de los abiertos lazos de hoy.

El déficit de sostén y amparo característico del mundo de hoy y de ciertas formas de vinculación familiar conlleva cuadros psicopatológicos de alta incidencia actual como el síndrome de pánico, síndrome tan peculiar de nuestro tiempo junto a otras patologías denominadas del vacío o del desvalimiento.

Otro factor relacionado con las carencias de sostén tiene que ver con la insuficiencia de límites que, si bien restringen, a la vez protegen y por ende contribuyen a la contención. Una cuestión de aparición constante en la clínica de los padres actuales muestra la culpa que ellos experimentan por decir "no" a los hijos, casi como si estuvieran dañándolos. Esto lo relaciono no solamente con el rechazo a ser como los propios padres, que ya mencioné, sino también con otros rasgos de época, cuestionadores de las normas y vinculados a un franco hedonismo que a menudo intenta eludir trasgresivamente toda forma de legalidad.

Hay además un retiro parcial de las energías psíquicas de los padres respecto de la vida familiar y la crianza de los hijos, ligado a la prevalencia de otros intereses, a carencias personales, exigencias extrafamiliares y en particular a la extraordinaria transformación del rol de la mujer, antes al servicio de Su Majestad, el bebé, y del cambio de la valoración del ser padres en la cultura juvenil. En relación con esto, tienden a excederse en la permisividad –también poner límites implica esfuerzo y renuncia personal.

Si cuestionan el comportamiento infantil lo hacen más en función de sus propios requerimientos y limitaciones que de la regla misma. El mensaje es: "no me hagas esto, no puedo soportar tu ser niño que me fuerza a ser adulto; no tengo con qué responder a tus demandas, o no quiero hacerlo." Todo esto puede estar en lugar del "esto no se hace porque hay reglas que así lo definen, porque te daña o daña a otros".

En conexión con la pérdida de verticalismo y autoridad de los padres, a la que antes me referí, enmarcada en el cuestionamiento de todos los autoritarismos tan propio de nuestro tiempo, se va dando en la familia una verdadera igualación de los lugares que predispone a otras patologías predominantes.

En relación con lo antedicho, vemos evolucionar a la familia hacia un modelo relacional tendiente a la horizontalidad y la simetría. El establecimiento de formas vinculares caracterizadas por una autoridad democrática, no cristalizada sino circulante, y la posibilidad de sostener la ley dando cuenta de la conformación subjetiva de los descendientes desde un verticalismo inicial imprescindible, pero no autoritario ni permanente, constituye uno de los profundos desafíos que vive la familia contemporánea. Ello implica también, según el modelo del grupo de pares, la reciprocidad de los compromisos y la autonomía de cada uno de los miembros.

Familias ensambladas

Tomaré ahora en consideración un último punto, algunas problemáticas propias de la clínica de las familias ensambladas, hoy muy frecuentes en la consulta por la elevada incidencia del divorcio. En el momento del ensamble -constitución de la nueva pareja que da origen a la familia ensamblada- emerge una fantasmática en la cual tiende a reiterarse la posibilidad de quedarse sin lugar en la nueva configuración; dicha temática, que considero propia de múltiples familias compuestas por cónyuges con hijos de uniones previas, aparece en distintos integrantes: es decir, tiende a circular. Es cuando esto se fija en uno o más integrantes del grupo que nos encontramos con trastornos en el o los sujetos afectados, por quienes en ocasiones llegan a la consulta.

Dicha falta de lugar queda en muchos casos expresada a través de la dimensión concreta del espacio familiar. Así, el conflicto en relación con la distribución de los hijos en los dormitorios es frecuente, tanto como ciertas vivencias de la pareja sobre la precariedad de su propio espacio en la vivienda familiar. Esto refiere a un vínculo conyugal a menudo endeble respecto de otras relaciones previas y dotadas de estabilidad, como las de cada integrante de la alianza con sus propios hijos: es así que suelen aparecer también en la consulta de pareja, ante la posibilidad de una nueva separación.

Con frecuencia los integrantes de estas familias, tanto las monoparentales como las ensambladas, tienden todavía a pensar la nueva organización con los lugares de la familia de primeras. nupcias, sostenida por varias generaciones como patrón ideal en nuestra cultura. Ello afecta la originalidad de la familia naciente, nunca mera reproducción de moldes anteriores.

En relación con esto, en los grupos ensamblados aquellos integrantes que no logran adecuarse a rígidas matrices preexistentes -hijos de matrimonios anteriores, hijos no convivientes, nuevos cónyuges- ven peligrar su posible pertenencia. La clínica muestra con frecuencia bandos contrapuestos integrados por cada uno de los cónyuges con sus propios hijos; la fractura de la nueva pareja, enfrentada por el sostén de los valores que presidieron las familias previas convertidos en baluartes no negociables; cierta descalificación de los hijos no convivientes, "casi hijos" o "menos hijos" que los siempre presentes: trastornos vinculados en gran medida al hecho de aplicar a la nueva familia las varas anteriores y convertir esa original producción familiar en un intento de reconstitución de las familias previas perdidas, desmintiendo la transformación. Recordemos el difícil y siempre doloroso trabajo de elaboración del duelo ligado al proceso de divorcio.

Otra cuestión central en la clínica de la familia ensamblada es la construcción de lugares nuevos y diferenciados para cada uno de sus integrantes, lugares que no devienen inmutables, ya que continúan su transformación a lo largo de la vida familiar. Se conectan con originales modalidades vinculares y se van definiendo a partir de los requerimientos que plantean las distintas funciones del lazo familiar en cada momento vital.

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María Cristina Rojas
Psicóloga
mcrojas@sion.com




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