Animalario se juega el tipo como compañía con el ambicioso montaje El Fin de los Sueños
No son incompatibles las sensaciones de estar viendo algo necesario y sobrante al mismo tiempo. Fundamentalmente porque la obra no es en sí sobrante, sino más bien son algunas de sus partes integrantes las que no son forzosamente vitales para apoyar el conjunto del espectáculo, al que si consideramos necesario.
Necesario podemos definirlo en este caso desde el concepto de utilidad, de algo que aporta valores que hacen falta, que son enriquecedores para un ámbito concreto en un lugar determinado. En España, si exceptuamos los espectáculos de calle, son raros los ejemplos de compañías "alternativas" que quieran montar un espectáculo "alternativo" de las características de El Fin de los Sueños. "Un auténtico suicidio", nos comentaban los miembros del elenco. "Hay que ser Lina Morgan para que una cara conocida llene un teatro, Javivi y Alberto San Juan no son suficiente".
Esta obra requiere diez actores, más una banda de cuatro músicos, director, equipo de producción... Además de esto, la cámara negra está rodeada de una estructura de cristales o plásticos traslúcidos, con juegos de espejos y luces constantes. Son necesarios espectáculos como este. Es necesario que una compañía que se lo tiene que buscar por su cuenta no esté limitada por el vestuario, la escenografía o por el número de actores que se puede permitir el lujo de subir al escenario. Al fin y al cabo estamos hablando de arte, no de finanzas.
Al margen de esta peculiaridad que quizá solo nos haya llamado la atención a unos pocos, El Fin de los Sueños es una obra que tiene fundamentalmente un título perfecto. "Sueños" es el nombre de una sala de espectáculos que se va a pique pero cuyo dueño, un buscavidas sin absolutamente nada sólido entre las manos, lucha por mantener al menos una última noche bajo el lema "El espectáculo debe continuar". Bajo un título tan metafísico no te esperas una realidad tan aplastantemente tangible. Pero tras esa realidad tampoco te esperas una extrapolación tan evidente, con solo pensar un poco. Los Sueños que se terminan van mucho más allá de la sala: son los sueños de los que tienen un proyecto, de los que luchan por lo propio. Son los sueños de los que creen en la mística del espectáculo y las variedades, de los que creen en magia y poesía. Finalmente, son los sueños perdidos de una generación soñísticamente muerta. Se acabó el soñar, es demasiado imprudente.
En general, la obra se deja ver. En mi caso particular pervivió, sobre todo al principio porque más tarde se disipó, la impresión de que la obra se desmontaba sola, que le faltaba fuerza y cohesión. Desde luego no me pareció una obra para levantarse del asiento, porque no aburre (excepto algunas actuaciones de lo que sería el espectáculo de variedades: no todas pueden ser brillantes), a pesar de durar más de dos horas, y porque no escandaliza, a pesar de intentarlo. Y ahí es donde encontramos un sobrante, al menos desde este punto de vista.
En teatro, la clara intención de escandalizar se convierte en una incómoda molestia, no porque escandalice, sino porque te das cuenta de que están queriendo hacerlo de manera muy evidente. Es una especie de nerviosismo. Afortunadamente, en esta obra solo vemos un par de pinceladas de humor escatológico, aunque hay que subrayarlo. Eso sí, los que han visto constante esfuerzo por llamar la atención y escandalizar quizá hayan entrado en el teatro con la mente demasiado poco abierta.
Finalmente, un poco más de estabilidad le hubiera venido bien. Los shows son algunos divertidos, otros tontos o aburridos. La trouppe de actores sobre el escenario resulta a veces un acierto, a veces un caos. La trama se va y vuelve y con ella su fuerza. Aún así, lo mejor es quedarse con lo positivo y con lo que podría aportar esta obra al teatro alternativo si se promocionase adecuadamente. Aunque, como opina Javivi, quizás el primer paso está en hacer que la gente vaya a verla. Esta obra no está destinada al público que se puede permitir dos mil quinientas pesetas por entrar dos horas en un teatro.
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Gonzalo Andino
La Teatral
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