El saber del cuerpo y la escucha analítica1
Para Ana María
Nos acercamos al final de otro coloquio del Taller del Discurso Analítico. Al tomar la palabra quiero recordar una de las últimas sesiones del coloquio anterior. Fue allí, algunos lo recordarán, que el tema de este nuevo espacio de trabajo –y el título mismo que nos ha convocado- se propuso. Aquella tarde, con numerosas preguntas que quedaron sobre el tapete y con testimonios entusiastas que comenzaban a puntuar, con rigor, la dimensión ética del trabajo analítico, me convencí de que, lo que este Taller ha posibilitado, trasciende ya la serie de coloquios y seminarios a su haber, y se ha convertido, gracias al deseo decidido de muchos, en un diálogo sostenido en el que nos interrogamos sobre la experiencia analítica, la ética y la clínica –todo ello en nuestro contexto particular.
Pero estos coloquios han posibilitado algo más. En otra ocasión he dicho que los psicoanalistas no podemos ser lobos esteparios; que es necesario el trabajo con colegas y la puesta a prueba, por medio de presentaciones, carteles, ateneos y seminarios, de la autorización de cada quien para trabajar como analista. Pero ese intercambio entre clínicos no es suficiente; el psicoanálisis exige además un alto grado de vinculación con otros campos del saber. De ahí que convenga celebrar igualmente que estos coloquios se hayan convertido en un auténtico espacio de conversaciones transdisciplinarias. La presencia de filósofos, historiadores, artistas, críticos literarios y otros profesionales de campos diversos enriquecen y vitalizan estos intercambios. Hoy conviene celebrar este conversatorio entre médicos y psicoanalistas del que me honro en participar.
Propongo acercarme al tema que nos convoca, "Del cuerpo al organismo y retorno", con el deseo de precisar la particular concepción del cuerpo a partir de la cual trabajamos en psicoanálisis, cómo ésta se diferencia de la noción de organismo, y cómo, al menos en el campo lacaniano, la escucha analítica presta particular atención al saber del cuerpo, vale decir, a ese "saber en potencia" que habrá de surgir de aquello que está cifrado en el cuerpo de todo sujeto humano, y que el trabajo analítico permitirá, hasta cierto punto, articular.
Muchos de mis pacientes llegan a análisis luego de haber experimentado con algún tratamiento psiquiátrico. Algunos llegan medicados. Pero lo que es más importante, llegan reproduciendo un saber sobre el cuerpo que se organiza a partir de la lógica fisiológica, química y farmacológica que es hegemónica en el campo de la psiquiatría y, a partir de la cual, muchos psiquiatras, cómodamente instalados en el lugar del saber, le han explicado "lo que les pasa".
Ante la demanda del paciente instafisfecho con esa pretensión de explicación, la escucha del analista tiene, en cambio, que intentar escuchar el dolor, la queja, el sufrimiento que se esconde tras lo que podríamos llamar la novela médica del neurótico, con el objetivo de que dicha queja pueda ser subjetivada y que la instalación de la transferencia –entendida como amor por el saber inconsciente- pueda dar paso al comienzo de una cura analítica. Esa escucha es posible, si el analista precisa una distinción importante entre el cuerpo y el organismo. Para decirlo rápido y mal: al psicoanalista no le interesa el organismo. Trataré de explicar por qué.
Las células producen la energía necesaria para el funcionamiento del organismo. Es allí que la lógica del placer opera. La homeostasis y la lógica de la satisfacción serían señales del buen funcionamiento del organismo. Pero resulta, no obstante, que los seres humanos somos animales culturales y tal condición subvierte la lógica del organismo. Nuestra condición de animales culturales supone numerosas diferencias de entre las cuales quiero destacar dos que son fundamentales para lo que quiero transmitir respecto a eso que llamo la subversión de la lógica del organismo.
Para los humanos, en el principio no eran los instintos. En el principio, como lo supo el evangelista, era el verbo. La palabra. Nacemos al mundo de la cultura y del lenguaje y traemos, en nuestros cuerpos, la huella, el trazo de una herida. El universo del lenguaje es un universo incompleto. En falta. No todo puede ser dicho.
Pero hay más. Nacemos al mundo de la cultura humana en la cual hay un saber que, al menos hasta donde tenemos conocimiento, no perturba a ninguna otra especie animal. Sabemos que nos vamos a morir. Crecemos –marcados también- por la huella de la muerte y por una única garantía: a ella, tarde o temprano, habremos de regresar.
Incompletud y finitud son, por tanto, dos puntos fundamentales de la condición humana. Puntos que, como sabemos, no dejan incólume a ningún ser humano. Tienen consecuencias. Y lo que quiero proponer es que son estos dos hechos los que justamente subvierten la lógica del organismo. La incompletud y la finitud, el lenguaje y la muerte, producen, en el cachorro humano, un exceso de energía –exceso de energía que no puede ser utilizado para el funcionamiento del organismo. El ser humano, nace, por tanto, al mundo de la cultura marcado por el lenguaje, la muerte y el exceso. Es con esas huellas que trabajamos en análisis. Huellas que, toda vez que subvierten la lógica del organismo, constituyen un cuerpo. Un cuerpo gozante en el que el goce -en tanto energía desvinculada de las funciones orgánicas- puede incluso, como lo constatamos en la clínica de la anorexia por ejemplo, ser capaz de perturbar las funciones orgánicas.
Como analistas somos herederos de Sigmund Freud y de su decisión ética de reposicionarse como clínico. "Allí donde el amo era, el analista debió advenir" 2.
Ese reposicionamiento estuvo acompañado, sobre todo en el período de 1908 a 1925 por una preocupación por la muerte. Es porque abrió un espacio de escucha al saber del cuerpo y al cuerpo como escenario de la finitud humana que Freud escribió Más allá del principio del placer. Fue su escucha lo que le permitió dar cuenta de otra lógica más allá, justamente, del principio del placer : la lógica de la pulsión, vale decir, la lógica de la pulsión de muerte. El fin último de la vida, dirá Freud, no es el placer, es la muerte.
Es por eso que, como ha dicho Willy Apollon, la muerte confronta al sujeto con su soledad y con una responsabilidad radical 3. Es por eso, además, que en el mundo de lo instantáneo, del problem solving, de lo virtual, de los HMOs, la multiplicación de las IPAs, el Prozac, la humortivación, el rebirthing, el capitalismo salvaje, lifespring, Plaza las Américas como el centro de todo, y la búsqueda del balance y la armonía con Dios y la naturaleza, el psicoanálisis es una propuesta de radicalización de lo humano, de la experiencia humana, de nuestra humanidad.
Esa propuesta supone una escucha analítica atenta al cuerpo, al saber del cuerpo en toda su complejidad:
Una escucha atenta a cómo lo imaginario y el Ideal intentan lograr una "consistencia" que "organice" ese exceso que nos constituye.
Una escucha atenta al imaginario como fruto del fantasma, como respuesta a la soledad y al vacío que causa el encuentro con lo Real.
Una escucha atenta a las construcciones imaginarias que buscan lidiar, de manera protegida, con la muerte y la ausencia del Otro.
Una escucha atenta a la angustia del sujeto, al tener que lidiar con la muerte y con el trabajo de la pulsión de muerte en el cuerpo.
Una escucha atenta a las modalidades de goce que se estructuran en torno al trabajo de la pulsión de muerte.
Una escucha atenta al fantasma entendido como la defensa más arcaica del sujeto a ese trabajo de la pulsión de muerte.
Una escucha atenta al fantasma como esa otra escena más allá del principio del placer que no está regulada por la lógica de la satisfacción.
Una escucha atenta al fantasma entendido como la verdadera realidad del sujeto, como la ventana a través de la cual el sujeto ve el mundo. Un marco que determina lo que ve. Un marco que constriñe y que le previene de ver otras cosas.
Una escucha atenta al síntoma que oculta, que pretende ocultar, al fantasma.
Una escucha atenta a las zonas erógenas del cuerpo, vale decir, a las letras e inscripciones en el cuerpo –que, con perdón de Wanda Smith, son particulares para cada sujeto.
Una escucha atenta, a fin de cuentas, al inconsciente que opera, actúa en el sujeto sin que su ego, sin que su yo se entere.
Una escucha atenta y activa que lleva al analista a intervenir para dar dirección a la cura y movilizar y constreñir al sujeto a ir a sus límites, a las fronteras de su conocimiento para que el inconsciente responda con la producción de un saber: de un saber del cuerpo.
Es esa producción de saber, de la que el psicoanalista es testigo, la que poco a poco le permitirá al sujeto asumir total responsabilidad respecto a su destino y deseo, e iniciar un largo aunque finito viaje por la vida... una vida llena de desafíos éticos que el sujeto tendrá que enfrentar con un sí sostenido, de manera radical y en absoluta soledad recibiendo del gran Otro tan solo el peso de su ausencia y su silencio.
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Notas
1. Ponencia leída el 9 de diciembre de 2000 con motivo del Coloquio "Del cuerpo al organismo y retorno" del Taller del Discurso Analítico celebrado en San Juan de Puerto Rico.
2. Ramírez, Mario Elkin. Seminario sobre Transferencia y Resistencia en Psicoanálisis, http://psiconet.com/seminarios/tr
3. Apollon, Willy. Seminario Anual de Formación Psicoanalítica, Escuela Freudiana de Québec, julio de 2000, notas del autor.
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Prof. Alfredo Carrasquillo-Ramírez
Decano Asociado de Estudios Graduados
Universidad del Sagrado Corazón
San Juan, Puerto Rico
acarrasquillo@sagrado.edu
http://graduado.sagrado.edu