Tal vez lo que la democracia puede hacer es dejarnos ver por qué somos infelices. Y esto por cuanto tiende a hacer más nítidas las contradicciones de la sociedad en la que vivimos, sus deficiencias y tensiones, las grandes pequeñeces que parecen siempre rebasar las virtudes a las que, afortunadamente, aún somos capaces de llegar. Además, la democracia no garantiza nada: la administración pública no es más eficiente, los negocios privados no son más transparentes, el tráfico de influencias no aminora, las leyes no son mejores ni se aplican a cabalidad, los intereses establecidos quieren conservarse, la política no enaltece los valores, los servicios no tienen más cobertura y calidad, la seguridad y la integridad de las personas no se reparan.
La democracia no puede quedarse en la legitimidad de los votos, es decir, que éstos efectivamente se cuenten y los resultados se acepten y se respeten. Aquí ese ha sido un logro muy tardío, pero al parecer se afianza cada vez más, y no es éste un asunto menor. Pero tampoco es suficiente. La participación de las personas y de los grupos es un elemento relevante de la democracia, pero ella no puede ser definida en términos generales, y tampoco puede exigirse como norma; no todo puede ser sometido a que los ciudadanos tomen parte y digan su parecer. Así ocurre aunque sea sólo por una cuestión práctica, ya que no se cuenta con suficiente información y conocimiento de todos los asuntos y porque los gobiernos tienen responsabilidades que cumplir. De otro modo la democracia puede perder su esencia y convertirse en un proceso amorfo y en una fórmula ineficaz de ordenamiento de las cosas públicas. Ello es así puesto que requiere de una parte de autoridad que está en la base del mandato que se otorga mediante el sufragio a quienes gobiernan. Del otro lado, por supuesto, está la democracia que no consulta y no acuerda, y por la cual quienes gobiernan y administran creen, en cambio, que pueden imponer criterios, actuar con autoritarismo porque suponen que sólo su visión es válida, o que el poder que ejercen les confiere privilegios por encima de los demás. Ninguna de estas formas de la democracia nos sirve mucho.
El equilibrio de una sociedad democrática puede, entonces, ser bastante inestable. Estamos en esa situación. La democracia, hoy, no nos hace felices ni nos está sirviendo como esperábamos, y puede ser que ahí debamos enmarcar las ideas que tenemos de lo que se sigue llamando como la transición.
El terreno de los valores es siempre relativo, no se puede ya limitar la democracia ni aun a cambio de la oferta de más justicia social. Lo primero representaría una pérdida real, lo otro es cuando mucho una posibilidad incierta. Cuando se renuncia a la democracia ya es más difícil rectificar, no se sabe cuándo el autócrata decidirá volver a consultar a nadie. La democracia es un valor constitutivo de la justicia social, no conviene separarlas; el bienestar material de la sociedad puede ser un asunto que adquiera una fuerte valoración, pero sin duda será incompleto sin el conjunto de las libertades a las que tenemos derecho.
José Manuel Morales Sandoval
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