La mentira
se ceba en cobardías e intereses,
en vanidad, orgullo y ambición.
Los hombres orquestados interpretan
necias marchas
dictadas al compás de los panfletos.
El canto monocorde,
que corea la voz de los esbirros,
ensordece los tímpanos incultos.
Cubren los labios túnicas de seda
cuando golpea el rostro la letra envilecida.
Los órganos sagrados,
las cítaras templadas y las arpas,
entonan inaudibles melodías
del último destino.
Una verdad desnuda cabalga por las ondas
y su eco es profanado en los salones.
Delatores de gólgotas
hacen enmudecer a los oráculos.
Se ordena el holocausto desde el búnker
alejado de cruces y de espinas.
Regocija al poder establecido
el fracaso de lenguas luminosas,
incorruptas.
La risa crece frente al llanto mudo
de la inocencia herida, derrotada.
No hay piedad para el hombre redimido
que recuerda su origen.
El hastío se filtra por las grietas del hambre,
humilla los vergeles sometidos,
y triunfan las tinieblas que perfilan
lápidas de palabras.
La realidad oculta en las mazmorras
corroe las aristas del silencio.
La verdad sepultada bajo el atrio del mando
espera el despertar de los volcanes.
Hasta el momento azul,
es preciso
vaciarse de ideas y conceptos
para flotar en el embalse inmundo
creado por los hombres.
En todos los Estados
la verdad
está penalizada.
Al final del exilio,
la historia encontrará los restos vírgenes
en las ruinas de reinos destronados.
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