Las palabras de Vicente Aleixandre sobre Miguel Hernández transcritas por José Luis Ferris en su reciente biografía del poeta son el punto final y zénit de la emoción y la rabia contenidas en las últimas páginas del libro, donde se patentizan toda la hipocresía de la que la Iglesia es capaz, en este caso a través del Vicario General D. Luis Almarcha, y la tiránica prepotencia del régimen franquista (el "general, más general, generalísimo", comía picatostes mientras ratificaba las sentencias de muerte) en cuyas cárceles se dejaron morir, privándoles de asistencia sanitaria y alimento, a decenas de miles de presos condenados, como el propio Hernández, por haber luchado en favor de la libertad.
El trabajo de investigación expuesto mediante la prosa de este filólogo, excelente escritor que ha demostrado su valía en todos los géneros (premio de novela Azorín, accésit del Adonáis de poesía...), revela una incuestionable objetividad tras la que no se esconde el subjetivismo de quien defiende los bellos y grandiosos ideales que situó a la mayor parte de intelectualidad española en las filas de nuestra Segunda República.
En sus versos el poeta oriolano decía llamarse barro, mas era el suyo de ése rarísimo con el que se moldea la integridad de personajes tan escasos en la Historia de la Humanidad como Sócrates o Tomás Moro, el de quienes anteponen sus principios a su vida.
Narra José Luis Ferris en esta elegía cómo fue enterrado Miguel Hernández con los ojos abiertos porque su propia naturaleza impidió se los cerraran, sirva su eterna mirada para desviar la de cuantos, como D. Luis Almarcha, no son capaces de sostenerla.
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Joaquín Botella García
benferri@ctv.es
(Alicante/España)