Arrojas mi alma a tu infierno,
devoras mi cuerpo con extraña saña,
saboreas mi sexo
eructas mis ganas, mi silencio,
mujer de mil brazos, mil cuerpos.
Recorro la noche a tientas,
Cansadas mis manos tiemblan
anhelando tocar tu pecho
tus labios, que derraman vino y miel, dulce veneno.
Recorro desesperado los cuerpos,
no te encuentro.
Tu sabor se ha quedado impregnado en el ambiente,
en mi espacio;
grabado tu seno en mi cintura,
con letras de fuego, tu calor quema,
arde mi conciencia, arde el alma.
Me guía tu olor, extraño perfume que
me excita cuando huelo tu maléfica risa, misteriosa;
sonoridad de entrañas que emerge de tu boca roja,
de muerte.
Sufro la cruel agonía de ver pasar mis horas
sentado a la espera;
algunos minutos otra mujer llega,
levanto mi mirada,
más su figura no me recuerda a la tuya
aunque en las sombras no se distinguen siluetas
ni rostros, solo piel, máscaras, olor a sudor
a deseo.
Empañas mi memoria suave niebla,
más has dejado huella,
marca indeleble en mis sentidos,
que no necesitan recordar tu cara,
solo historias, relatos de cama,
fugaces sonidos que tu orgasmo emana.
No llegas, se acerca el alba,
mi cuerpo no soportaría la luz del amanecer
sino prueba de nuevo tus caderas;
cadencioso ritmo que me mata,
flor silenciosa que abres tu cáliz,
me embriagas.
Arrancas mi alma amor
la arrojas al fuego,
destierras mi ingenua ilusión
desechando mi vida,
inventando traiciones
y cosas perdidas,
llevando todo al infierno incierto de tu partida.
Aún espero,
te sigo buscando continuamente en mi canto,
te marchaste junto con mi voz
al dejar tú mi cuarto sin más razón.
Busco también
aquellos campos donde sembré un pedazo de ti,
de tu sexo,
de mi dolor, de tu silencio;
más no te encuentro, no resides ya en mi interior,
y estúpidamente sigo tratando de
encontrar tu corazón
en mi llanto;
cuando se que se fue, partió lejos
ya no vive aquí, profano santuario de la pasión,
te has ido a otros cuartos, a otros hombres, a otros brazos,
dejaste seca la fuente de la razón
marchito mi cuerpo, mi intuición.
Posees el extraño poder de anular en mi mente mis aciertos,
dejas solo los errores cometidos,
recuerdos furtivos de crímenes, sacrificios, muertes.
Ha amanecido,
los suaves y tibios rayos de sol me sorprenden;
jamás llegaste,
no recorrí de nuevo el viaje a mi lecho contigo
no alimentaste el deseo,
ahora ha muerto conmigo.
Sólo espero no me hayas olvidado,
y que mis manos claven puñal en tu vientre
mientras sueñas, para que así despiertes
pensando en mí, en la sangre que baja por tus piernas;
añorando esa noche la cual me tuviste cautivo,
torturando mi espíritu, desbordando de placer mi cuerpo
mis sentidos.
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Eduardo Misael Lepe M.
eduardo64@infosel.net.mx