Se han hecho comunes en estos días de crisis económica, en que se espera el advenimiento de la reactivación, se anuncia su inminente arribo o se declara su presencia enarbolando las más variadas cifras, una serie de imágenes que se han hecho un espacio dentro de ese vacío que generalmente denominamos lugar común. Entre ellas podemos destacar algunas que, por sus implicancias, no dejan de llamar la atención: el Gobierno propone un nuevo plan para generar mayor actividad económica, combatir efectivamente el desempleo y apoyar a la pequeña y mediana empresa, gran víctima de la plaga recesiva. Otra: el gran empresariado protegiendo su capital, bien tan escaso, esperando que el Gobierno entregue señales ciertas en su desempeño económico. Una más: el pequeño y mediano empresariado esperando en familia el momento de la quiebra, así han sido jibarizados por la contracción económica y el servicio de la deuda. Y aún otra: los desempleados vagan por las calles, currículum con foto escaneada y periódico en mano, de puert
a en puerta y en grupos de cien, en la esperanza de ser acogidos bajo algún salario. La alternativa es quedarse en casa, televisión mediante, esperando que su resignación no se justifique tanto como ahora. En este escenario repleto de víctimas y de desaliento cabe preguntarse quién sería el victimario, dónde en definitiva reside la culpa. La experiencia nos enseña que las víctimas, en estricto rigor y fuera de los márgenes del reduccionismo, no existen, pues en tanto participantes de un mismo juego, con reglas aceptadas y potenciales todas ellas conocidas, la sorpresa no tiene espacio para explotar. En definitiva, sólo se sorprenden los incautos, dudando en este caso que tal adjetivo sea asignable a entidades y conglomerados que participan de un medio donde la competitividad y la audacia son atributos esperables.
Tras este análisis remitámonos a los hechos. Existe un concepto llamado política económica que significa, en resumen, criterios y acciones generales, funcionales en el ámbito de la economía, que poseen un sustrato ético o, al menos, una intencionalidad. El poseedor de esta herramienta, en los modelos económicos contemporáneos, es el Estado, y por tanto en la utilización de la política económica se halla traslúcida su inherente búsqueda del bien común, sea esta su intención. ¿Y quién es el Estado? En Chile y estrictamente en el ámbito económico, el Estado es el Gobierno, el Parlamento, ambos elegidos por la población, y el Banco Central, cuyas autoridades son propuestas y aprobadas, en riguroso orden, por los anteriores.
En este contexto, cada uno de los actores estatales antes especificados dispone de herramientas de política económica para afectar la economía del país de acuerdo a la situación imperante y los objetivos perseguidos. Así la política tributaria, cómo y cuánto aportan los agentes económicos a las arcas fiscales, está en manos del Gobierno como proponente y del Parlamento como ente decisional; la política fiscal, o de qué forma se gastan los ingresos del Estado, se encuentra bajo arbitrio del Gobierno; finalmente se encuentran tanto la política monetaria como la política cambiaria, ambas bajo importante control del Banco Central, quien en su calidad de ente autónomo dentro del esquema estatal goza de alta discrecionalidad al respecto. Existiendo aún muchas interrelaciones, formales e informales, entre estos actores, a cierto grado de aproximación al tema se resumiría de esta forma la correlación de fuerzas en política económica.
¿Y qué ha hecho el Estado con esto? Pues ha generado atractivas condiciones para los agentes económicos. El Gobierno ha realizado una política fiscal que intenta estimular positivamente la demanda agregada, prueba de ello son los planes de generación de empleo, que intentan mantener el nivel de consumo, la anulación de la tasa de encaje a la inversión extranjera y otras facilidades y las medidas de apoyo financiero a las pequeñas y medianas empresas. Por su parte, el Banco Central mantiene una tasa de interés baja, prácticamente a nivel internacional, como una forma de estimular la demanda por dinero y potenciar así la inversión no financiera, a la vez de una política de tipo de cambio bastante libre, en su interés de mejorar la competitividad del sector exportador. Finalmente, el Parlamento discute una nueva reforma tributaria, en la misma línea de interés que las medidas anteriores.
Así y todo, la sensación térmica de los agentes económicos es que la reactivación no llega, que no hay trabajo y que las condiciones del medio no están dadas para la inversión en proyectos productivos. ¿Qué sucede entonces? Una teoría al respecto plantea que, en tanto agentes económicos, las personas y las empresas, y aún el Estado, no sólo toman decisiones respecto de las señales actuales, sino también de las expectativas que tienen respecto de dichas señales. Así que bien podría denominarse ésta como una crisis de expectativas económicas. ¿Qué esperan las autoridades, los trabajadores, las empresa? Nada bueno al parecer. ¿Posee un asidero cierto tan denodado pesimismo? Intentaré responder a este asunto.
Al hablar de política económica, léase persecución del bien común económico en buen castellano, me he referido únicamente a la labor del Estado. ¿Qué sucede entonces con los otros actores? ¿Existirá algo parecido a la política económica privada? Pues claro que existe. Que la responsabilidad social del Estado sea que la gente no sufra hambrunas u otros pesares no indica que sólo él tenga poder de influir sobre la vida económica de los agentes que pululan por sus fronteras. Cada vez que un empresario se endeuda o decide no invertir, cada vez que un trabajador desaprovecha una oportunidad de capacitarse y mejorar su productividad, cada vez que nos endeudamos para acometer proyectos sin destino estamos realizando política económica y estamos con ello afectando el entorno económico que nos rodea. Si consideramos que en la medida del paso del tiempo el Estado va perdiendo importancia económica relativa, tanto por motivo del crecimiento del sector privado como por la globalización, bajo qué supuestos podemos esperar
que las condiciones mejoren si no se toman medidas a todo nivel. Un viejo adagio dice que todo es tanto arriba como abajo. De esta forma ¿de quién es entonces la culpa? Eso importa realmente nada. Lo importante es que todos, Estado, trabajadores y empresas, sea cual sea su tamaño, son responsables inmediatos y por lo tanto poseen en sus manos las llaves de un futuro económico más promisorio. Planteo entonces que esta crisis se basa en aquel estado de ánimo negativo que evidencian las magras expectativas de los agentes. ¿Y quién es responsable de los propios estados de ánimo si no uno mismo? La antigua sabiduría hermética plantea que el mundo es la emanación onírica de Dios, que sueña eternamente creando así la realidad en que vivimos. Así el Hombre, versión un tanto incompleta de aquel dios, posee un poder análogo. El verdadero poder. El poder de cambiar nuestra actitud hacia un vértice positivo. ¿Quedará otra alternativa que no sea dedicarnos a realizar nuestro papel dentro de la política económica privada,
con renovada ética y en conciencia de nuestra influencia como agentes económicos?
Carlos Silva Ponce
kaarl@interlap.com.ar