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La familia moderna: ¿crisis o diversidad?





La declaración de 1994 como Año Internacional de la Familia no es ajena a la idea, cada vez más extendida entre los políticos, la Iglesia y algunos estudiosos, así como entre los mass-media, de que asistimos, en este fin de siglo, a una profunda crisis de la familia como institución.

Y efectivamente, si nos atenemos a los datos que nos proporciona la estadística y los análisis sociológicos –descenso de las tasas de nupcialidad y natalidad, aumento de los hogares unipersonales y monoparentales, incremento de la tasa de divorcios...-, resulta evidente que, en el ámbito de la fenomenología, hay una atomización de los vínculos familiares, al menos respecto al modo tradicional.

Es cierto que los vertiginosos cambios sociales, desde loa años 50 hasta la actualidad, ha modificado el escenario tradicional de la familia: nuevas formas de convivencia, incorporación de la mujer en el mundo laboral, contracción de la familia extensa patriarcal, etc.; pero la crisis, como tal, es tan antigua como la propia familia. No es casual, como señala J. Lacan,(1), que fuera en la Viena de fin de siglo donde Freud formulo su teoría del Edipo, ya que era allí donde la crisis y la diversidad de los modos familiares alcanzaba un mayor despliegue.

El sentimiento moderno de la familia

No podemos olvidar, por otra parte, que la familia, tal como la entendemos hoy, es un concepto moderno que surge con el nacimiento de la subjetividad moderna y la preponderancia conferida a la institución del matrimonio establecido desde el punto de vista de libre elección.

En la Edad Media, en cambio, era el linaje el que hacía de puente entre la estructura social y el individuo. Por eso las actividades familiares se situaban en el exterior y en continuidad con la calle. Fue a partir de siglo XVIII, y sobre todo durante el XIX, cuando nació un sentimiento nuevo: el sentimiento moderno de la familia. (2)

Esta familia es la familia conyugal, ligada al hogar y al gobierno de la casa, a la intimidad. Su evolución no fue un proceso lineal y homogéneo, sino que durante un tiempo esta nueva familia convivió con la sociedad medieval; la privacidad como valor vinculado a la familia no se estableció definitivamente hasta la segunda mitad del siglo XIX con los avances técnicos (vivienda, mejoras económicas y sociales...). (3)

Actualmente asistimos a un desdoblamiento de ésta privacidad: hay una vida privada de la familia con relación a la comunidad y una vida privada del sujeto dentro de su propia familia que tiene su expresión en esa atomización de vínculos tradicionales.

Esta evolución de las formas familiares no es ajena tampoco al decurso de la alianza entre el sistema de producción capitalista y la ciencia como impulsora de los avances sociales. Desde las necesidades de movilidad geográfica hasta los nuevos vínculos generados por los diversos, y cada más numerosos, objetos de consumo que se nos ofrecen, ésta alianza ha ido dando forma a la familia moderna y produciendo a su vez, los diferentes dispositivos (educativos, sanitarios, higiénico-morales...) capaces de complemetar la familia. (4)

En este sentido que decimos que la crisis de la familia en realidad es tan antigua como la propia familia. Ya en ésta sustitución de amo antiguo –y de su expresión de la autoridad- por las nuevas formas de la moralidad moderna: desde la filantropía hasta las exigencias actuales organizadas por el consumo (la disciplina del cuerpo y el fitness) están escritas las futuras vicisitudes del grupo familiar. "¿No es acaso significativo que la familia se haya reducido a su grupo biológico a medida que integraba los más altos progresos culturales? Un gran número de efectos psicológicos, sin embargo, están referido, en nuestra opinión, a una declinación social de la imagen paterna". "Declinación", añade Lacan, "condicionada por el retorno al individuo de efectos extremos del progreso social". (5)

Y si hoy se replantea este viejo tema de la crisis familiar es más bien por la falla de las suplencias previstas: ni la escuela, con un fracaso estrepitoso, ni el actual sistema productivo, sumido en una profunda crisis estructural, han resuelto satisfactoriamente las clásicas funciones de la familia, en tanto unidad de producción y transmisora, a su vez, de un saber y de unos valores socializantes.

Esa apuesta por un saber totalizante que garantice el progreso y la felicidad humana, al precio de ignorar la verdad particular de cada sujeto, se ha vuelto contra la civilización misma, en ese "retorno de efectos extremos del progreso social": catástrofes ecológicas, violencia social, fenómenos de segregación; incluso en la actualidad se habla de patología referida a los edificios modernos (generadores de patologías individuales: alergias...). Estos fenómenos de malestar social son manifestaciones sintomáticas, en lo cotidiano, del retorno de lo reprimido por esa operación de anulación de la verdad subjetiva y de lo más propio de una cultura. (6)

La familia ideal no existe

"Pero no somos de aquellos que lamentan un supuesto debilitamiento del vínculo familiar", agrega Lacan (7) para desmarcarse de supuestas ilusiones armónicas. Si profundizamos un poco más en el análisis y sobre todo si pensamos la familia, no desde la perspectiva sociológica, sino desde una orientación psicoanalítica -y hablamos así de constelación familiar, poniendo el énfasis en los aspectos estructurales (y estructurantes): la familia entendida como una institución cuya función básica es permitir la constitución de un sujeto-, podemos, entonces, aproximarnos a otro enfoque del problema. La familia moderna nos parece así complejizada, a pesar de su aparente simplicidad formal.

No se trata tanto de "decadencia" de las formas familiares como de diversidad respecto a un supuesto modelo único. Esta diversidad que va desde las familias llamadas "monoparentales" hasta las formas de "familiarismo delirante"(8) propias de la sociedad americana, comporta una atomización de las formas, mas que una desviación respecto a un ideal.

Más allá de estos cambios, que afectan diversas funciones atribuidas tradicionalmente a la familia (crianza, reproducción, socialización...), hay una continuidad que define, para los psicoanalistas, lo que es esencial en la función de la familia y que podemos enunciar así: lo irreducible de la transmisión de un deseo que no sea anónimo y los efectos que eso tiene en el paso de un organismo a un sujeto.

Trataremos de explicarnos. Cuando un bebé nace no es, todavía, un sujeto con consciencia, discernimiento y capacidad de amar y desear. Se trata, más bien, de un organismo viviente regulado por un complejo mecanismo de funciones fisiológicas.

Para que ese organismo llegue a adquirir una identidad simbólica (un nombre, un estado civil, un lugar en las generaciones, etc.), es necesario que se ponga en marcha un dispositivo que se llama familia.

Este dispositivo se compone de dos elementos diferenciados. El primero son los cuidados maternos (maternaje), que permite el primer enlace afectivo de ese organismo con el mundo. La madre -o la persona que ocupa ese lugar- se constituye como el objeto primordial, capaz de generar el primer vínculo entre el viviente y el universo simbólico (familia, cultura, sociedad, lenguaje...) que le acoge. Este es un lazo alienante, en tanto que la prematuración del bebé le deja a merced de ese primer otroPrimordial. Y es un lazo básico que pone en juego un deseo particular -y, por tanto, no anónimo- capaz de sostener con vida a ese organismo. Hay que recordar -como demuestran los estudios de Spitz, Bowlby y otros- la importancia de los primeros cuidados y de su regularidad como condiciones necesarias para la conservación de la vida. (10)

Será necesaria una segunda operación lógica -que llamaremos separación- para que ese viviente llegue a convertirse en sujeto. Y para eso es necesaria la intervención del segundo elemento: la función paterna, que, a diferencia del maternaje, no se especifica por los cuidados sino por la capacidad de proveer de significaciones y permitir así alcanzar una identidad desde el punto de vista de una identificación simbólica.

Como ya hemos señalado, no se trata de personas, sino de lugares ocupados por diferentes personas, pero de acuerdo con una serie de condiciones. Así, la paternidad no existe per se, sino como atribución de la madre. Tiene pues un valor simbólico, ya que no es la biología lo que la garantiza sino la palabra de la mujer, que atribuye a un hombre su condición de padre. No se trata, por tanto, de roles fijos e inamovibles, sino de funciones a desempeñar y lugares a ocupar de acuerdo con la dinámica de ese dispositivo familiar: asegurar que al final del proceso habrá un sujeto cargado con un conjunto de significaciones (teorías sobre la vida) y un modo particular de gozar y obtener satisfacción.

Esta es la herencia que cabe esperar de una familia y en ese sentido decimos que no hay, por tanto, para el psicoanálisis, una familia tipo ideal. La familia es un fenómeno antinatural (Lacan habla de estructura natural de la familia), ya que ni el instinto maternal es tal ni la paternidad puede pensarse como atribuida al padre por el efecto de un puro significante. Es ejemplar, en este sentido, la clásica distinción de los romanos entre genitor (padre biológico) y pater (padre simbólico), dando a este último toda la consideración y respeto puesto que era él quien se hacia cargo del hijo y le asignaba un lugar en las relaciones de parentesco.

Si bien por el lado de los ideales (conjunto de significaciones transmitidas) podemos una cierta homogeneidad entre las familias, respecto al entorno social, es claro que los modos de satisfacción (la alimentación, la sexualidad, el uso del tiempo...) son particulares y, por tanto, no ideales, no asimilables unos a otros. Dentro de una misma cultura hay familias con muy diferentes modos de satisfacción (diferencias étnicas, pero también culturales, respecto al uso del tiempo libre, a las prácticas sexuales, al gusto por la comida...) De ahí que no podamos hablar de una familia ideal, bajo pena de anular las particularidades de cada sujeto y tratar de estandarizar el goce, lo cual sólo conduce a los episodios mas negros de nuestra civilización (racismo, segregación...).

El fracaso de un ideal

Para concluir quisiera aportar algunas breves referencias a investigaciones recientes en varios campos que avalan nuestra tesis, ya que fijan su atención en aquellos aspectos de continuidad de la familia vinculados a la constitución subjetiva -el valor de la función paterna como lugar simbólico, los procesos en el aprendizaje ligados al discurso y a los ideales familiares, la función simbólica del parentesco...-, adjudicando un valor secundario a la descripción de los cambios más notorios.

Respecto a los avances en medicina reproductiva (nuevas formas de procreación), se ha suscitado un temor tradicional: el miedo a que estás técnicas artificiales pongan en peligro la estabilidad de la familia natural.

La tesis que subyace es que la ausencia de lazo genético entre el niño y los padres
(o uno de ellos, especialmente el padre) interfiera de manera decisiva -y para todos los casos- en el desarrollo del niño y en la convivencia familiar, olvidando que cualquier niño es un niño adoptado, adoptado por un deseo que le ha permitido devenir en sujeto, ya que esta condición de sujeto no esta de entrada, como se ve bien en la clínica de la psicosis, donde encontramos a sujetos en los que no se ha podido realizar esa segunda operación de la separación, e incluso algunos (autismo) en los que la primera operación, alineación, es muy precaria.

Así, las últimas investigaciones realizadas en Inglaterra por un equipo de la Universidad de Londres, dirigidos por S. Golombok (11), de orientación cognitivista, muestran como las relaciones entre padres e hijos (ellos hablan de "calidad de la paternidad"), en estos casos de reproducción asistida, no presentan ninguna diferencia sensible respecto a la de los niños concebidos por métodos naturales. Confirman así la tesis de que, en el establecimiento de las relaciones familiares, los lazos genéticos son de menor importancia que el entramado simbólico que se pone en juego con el deseo. Esto, evidentemente, no excluye las particularidades de ese nacimiento, que sin duda se reflejaran en la novela familiar de cada sujeto, en su intento de construirse una respuesta con relación al deseo de ese otro que lo ha traído al mundo.

Si examinamos las recientes investigaciones en el campo de la psicopedagogía, vemos que todas tiene como punto en común la constatación del fracaso de un cierto modelo de aprendizaje unidireccional, fuertemente centrado en los contenidos escolares y ejercido al margen del contexto familiar.

Así, el ideal de transmisión del conocimiento científico, vía el aparato educativo formal, se ha visto confrontado a un grado de fracaso escolar cada vez mayor: aumento del absentismo, bajo rendimiento, retraso escolar generalizado en algunos ámbitos...

De allí que tanto las investigaciones basadas en las teorías sistémicas como, y especialmente, en las teorías cognitivistas hayan centrado, en los últimos años, su objeto de estudio en la interacción entre el niño y la familia.

En este sentido, conceptos como sensibilidad paterna, y zona de desarrollo próximo percibido ponen el énfasis en la importancia, durante el proceso de aprendizaje, de la citada interacción entre padres e hijo. En una investigación llevada a cabo en nuestra ciudad. Por el IMIPAE, (12) se constata como las propuestas educativas realizadas en casa presentan un mayor grado de contextualización ( es decir, llevan la marca de un deseo propio) que las escolares, que son mucho más homogeneizadas y tienen, por tanto, menos interés por el niño.

Si bien a partir de los años 60, en plena euforia desarrollista, se generalizó la idea de que los niños no podían aprender en la familia y que debían acudir a la escuela a edades muy tempranas, adjudicándose la escuela una pretensión exclusivista respecto a la transmisión del saber, parece que actualmente la mayoría de los autores se plantean -como algo novedoso y que parece responder a una cierta decepción de sus primicias iniciales- La necesidad de redescubrir la infancia y las relaciones intergeneracionales como eje básico en la vinculación del niño al saber. (13)

Por último y con relación a la desaparición -como se afirma precipitadamente- de las relaciones de parentesco en la sociedad moderna, hay que pensar que, si bien han variado las formas, la predominancia de la familia nuclear y de otras formas familiares simplificadas no ha supuesto la eliminación de los vínculos propios de la familia troncal, que sigue siendo un referente importante en la vida cotidiana de los sujetos.

La identificación sociologista entre familia y núcleo de convivencia falsea la cuestión y enmascara la figura del parentesco, reduciendo su estructura simbólica a una cuestión geográfica. Así hay autores como Rosenthal (14) que hablan de "intimidad a distancia".
Si bien el paso de la familia como unidad de producción a unidad de consumo se ha supuesto la pérdida de valor del savoir fare dela generación de los mayores y su status como transmisores del conocimiento, hay otras funciones en le campo de lo social que se mantienen en la actualidad: la crianza y cuidados -por parte de los abuelos- de los nietos.

En la última investigación nacional sobre solidaridad intergeneracional (15) llevada a cabo en Francia (1993) se ha constatado que estas actividades frecuentes de crianza son las que sostienen el vínculo intergeneracional, y la familia extensa sigue siendo el primer recurso al que se acude en caso de necesidad. La familia se convierte así en una empresa de servicios, especialmente en un momento en que welfare state ha entrado en quiebra.

Para concluir, podríamos decir que efectivamente la familia, nuestra familia moderna, está en crisis, como lo ha estado desde su origen -aunque ahora aparezca agravada por el devenir social y en especial por la acentuada declinación social de la imagen paterna en nuestra sociedad de finales del siglo-, ya que la crisis y el conflicto son su estado natural. Y el diagnóstico de esa situación no se limita, como algunos formulan de manera simple, a la identificación de factores de riesgo -colección de indicadores con valor pronostico-, basados en un claro determinismo familiar: a tal familiar: a tal familia, tal sujeto. Al contrario, ésta crisis implica también la elección del sujeto, que no partimos de un esquema triangular padre-madre-hijo donde la responsabilidad de éste último quedaría diluida, sino más bien de un cuaternario donde la respuesta del sujeto, su elección (forzada y limitada) entre sus combinaciones posibles, es un factor a tener en cuenta.

El psicoanálisis, a diferencia de la ciencia, no trata de reprimir esa verdad particular de cada uno (la relación de cada uno con sus maneras de gozar), sino que la considera como un índice clave de su subjetividad, sin que de esto deba de deducirse un ideal de lo particular, que desembocaría, de nuevo, en la impotencia. No se trata de tiranizar a los otros en nombre de un ideal particular, sino de hacerse cargo de ese resto, que opera como marca del sujeto y que ésta más allá de los ideales colectivos. Como señala E. Laurent, "la familia no es digna ni respetable más que en tanto puede ser un lugar donde cada uno pueda encontrar un espacio para eso que es su particularidad residual". (16)

---
José Ramón Ubieto Pardo
"Rambla 12"
Revista de l'Associació promotora del Treball social
www.arrakis.es/~rambla12
rambla12@arrakis.es

Referencias bibliográficas

1. Lacan, J. La familia. Ed. Argonauta. Barcelona, 1978.
2. Aries, PH. El niño y la vida familiar en el antiguo régimen. Taurus. Madrid, 1987.
3. Duby, G. ET AL. Historia de la vida privada, vol. 5. Taurus. Madrid, 1989.
4. Donzelot, J. La policía de la s familias. Ed. Pre-Textos. Valencia, 1979.
5. Lacan, J. Op. cit.
6. Argullol, R., Trías, E.El cansancio de Occidente. Ed. Destino. Barcelona 1992.
7. Lacan, J. Op.cit.
8. Laurent, E. Institution du fantasme, fantasmes de l´institution. Les feuillets du Courtil, nº 4, págs. 9-20. 1992.
9. Comas, D. Noves formas de familia. Revista del CIFA, nº 11, Págs.. 25-31. 1993.
10. Spitz, R. No y Sí. Sobre la génesis de la comunicación humana. Hormé. Bunos Aires, 1972.
11. Guerra, D. Nens procedents de téniques de reproducció assistida. Tex i Context, nº 10, pàgs. 26-29. 1994.
12. Bassedas, M. Apprendre a casa i a l`escola. Text i Context, nº 10, págs. 30-35.1994.
13. Casas, F. Els nous infants I les noves relacions intergeneracionals. Revista Panorama, Fundación La Caixa. Desembre, 1993.
14. Perez, M. Vejez y familia. Tex y Contex, nº 10, Págs.. 16-21. 1994.
15. Attias-Donfunt, C. Le doble circuit de transmissions: premiers resultats d`UNE recherche nationale sur trois générations. Conférence européenne : Les persones agées et la solidarité entre les générations. París, 1993.
16. Laurent, E p. cit.





Autor:    José Ramón Ubieto | Area:    Madres y padres
Título:    La familia moderna: ¿crisis o diversidad? | Fecha de publicación:    30/08/2001 11:14:26
Etiquetas:    La familia moderna

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