En numerosas ocasiones nos detenemos sobre la palabra padres, aunque con poca frecuencia lo hacemos sobre el término hijos, y en particular que todos hemos nacido "hijos".
Puede suceder que en algún momento de nuestra vida, pasemos- en forma planeada o súbita- a constituirnos, también, en "padres". Esto sucede cuando se presenta en nuestras vidas nuestro primer hijo.
Muchos de nosotros hemos escuchado en nuestra juventud una, diez, cien veces, aquella frase pronunciada por nuestros padres, abuelos, tíos que decía: "cuando tengas hijos lo vas a entender...". Por entonces carecía de sentido, y es probable que el mismo pueda ser recuperado, y desde el presente las situaciones sean resignificadas.
La "prehistoria" de la familia comienza con la conformación de la pareja, y recién llega a constituirse cuando se imagina, se planea, se establece el pasaje de ser dos a ser tres.
He tenido oportunidad de escuchar, con excesiva frecuencia, a las futuras madres planear sus vidas, después del nacimiento del niño que esperan, como si nada fuese a cambiar, como si sólo bastara con que el niño soñado-deseado naciera, para que todo pudiera volver a desarrollarse como antes.
El nuevo integrante de esta familia no tiene los mismos planes que sus progenitores tiene a veces para con él.
El nacimiento de un hijo produce una ruptura con lo establecido: el niño no respeta los horarios, se altera el ritmo de las salidas, de los encuentros con amigos, se reducen las horas destinadas al sueño, las actividades previstas se complejizan. Nada es igual desde entonces.
En noches de llanto, cuyo significado muchas veces no llegamos a comprender, añoramos aquellas otras donde el silencio ocupaba todo el lugar, donde simplemente podíamos dormir. A menudo esta sensación ambivalente nos produce malestar, nosotros deseamos a ese niño/a, pero también deseamos descansar. Tenemos que tener en cuenta que resulta esperable que esto suceda. Quisiera al respecto compartir con ustedes una anécdota: hace unos días nació la primera hija de un amigo, a quien puso por nombre María Paz, claro que por el momento es sólo María, dice el papá, porque de paz, nada...
Tomemos ahora lo que sucede en las diversas relaciones entre los miembros.
Recordemos que durante el embarazo la atención se hallaba centrada en la futura mamá. Ahora todas las miradas se ubican en el recién nacido, el cuerpo de la madre ya no es ni lo que era antes del embarazo ni durante el mismo, es un nuevo cuerpo al que deberá también adaptarse.
Por otra parte el papá puede haber experimentado cierto alejamiento de su pareja, debido a que la mujer se encontraba muy ocupada en ella y en el bebé que estaba gestando. Ahora verá que el centro de las atenciones es el niño, que demanda tiempo, dedicación...y tendrá que ver cómo incorporarse a esa relación que conforman la mamá y el hijo. Resulta fundamental para el bebé la inclusión del tercero, que en este caso no es en discordia sino que es quien le permitirá crecer y hará que la mujer pueda ver que no sólo debe mirar al niño y al niño que no sólo debe mirar a la madre.
El primogénito ha ocupado un lugar especial a lo largo de la historia.
Ustedes recordarán en la Edad Media sólo él era quien heredaba los bienes familiares.
Se dice que los esquimales esperaban que fuese un varón porque era quien se encargaría del mantenimiento de la familia, y si nacía una niña tenían la costumbre dejarla en el hielo, librada a su suerte.
Si bien en la actualidad han variado algunas costumbres, lo que no ha cambiado es que el primer hijo encuentra cierto lugar diferente al que tendrán sus hermanos, quienes de hecho, tendrán que compartir con otros.
Con el primer hijo aprendemos a ser padres, con aciertos y errores que intentaremos no repetir con los hermanos. Probablemente seamos más exigentes con él y le demandemos, sin darnos cuenta, que se haga cargo de esta situación de ser el primero. ¿Quién de ustedes no se encontró alguna vez diciendo que por ser el mayor debía dar el ejemplo o ser el responsable de los otros niños?.
La pregunta que podemos compartir al respecto es: ¿el mayor necesariamente tiene que oficiar de modelo ?. ¿No resulta excesivo este mandato? No tengo la respuesta, y tal vez sería interesante iniciar un debate sobre esta problemática.
Recordemos que siempre tenemos la oportunidad de efectuar un viraje en relaciones a las decisiones tomadas hasta el presente.
Nuestros hijos siempre nos dan la oportunidad de revisar lo pensado, de rectificar aquello que consideramos alguna vez nos equivocamos, de repensar lo que hicimos o lo que dejamos de hacer.
Vale la pena intentarlo.
Numerosos interrogantes brotan en relación a esta problemática, y este texto pretende sólo abrir el debate.
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Lic. Marta Alicia Tenutto
Lic. en Psicología (Universidad de Buenos Aires)
Lic. y Prof en Cs de la educación, esp. Psicopedagogía (UM)
Autora de "Herramientas de evaluación en el aula"
Profesora para la enseñanza Primaria
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