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Chorizo





- ¡Niña Marina!, ¡Niña Marina!

- ¡Que querés Chorizo!, ¡dejá de estar gritando como si fueras loco!".

Al ver a la Niña Marina, Chorizo se calmó. Con paciencia y con una voz temblorosa dijo:

- Niña Marina, véndame un botecito.

- Dame el pisto pué.

Chorizo le extendió en monedas lo poco que había podido reunir.

- Aquí te falta peseta-, dijo la dueña de la tienda fingiendo enojo. Por toda respuesta el pobre bolito le dirigió una mirada lastimera ladeando la cabeza ligeramente hacia un lado sin dejar de extender su mano con las monedas grasientas. -Ya ni la amuelan- continuó, mientras se alejaba en dirección al estante donde estaban los anhelados botes de alcohol 90º.

Serían las 9:30 de la noche aproximadamente y Chorizo caminó, mas bien arrastró los andrajos de su quebrantada imagen a la esquina que había elegido para que le sirviera de cobijo ese día.

Tiritando en medio del tremendo calor veraniego que hacía en Santa Ana, se arrimó muy cerca del diedro que formaba la esquina. Pues, aunque la pestilencia por ser el sitio preferido de todos para orinar era casi intolerable, era también el lugar más seguro, al formar parte del muro de contención que daba a la barranca y de la pared del 'Mesón Las Brisas'.

Hacía apenas una semana de constantes lluvias, mientras dormían, 'El Sapirai' quien había sido uno de sus más fieles compañeros se había precipitado al fondo del barranco, al romperse la parte más cercana al centro del muro. Lo sacarían al día siguiente varios cientos de metros más abajo del lugar donde había caído y donde al parecer había sido finalmente depositado por la corriente lluviosa.

El médico o quien quiera que fuera que llegó a recogerlo con la ambulancia y la policía, determinaron con un rápido vistazo que habría muerto inmediatamente con la caída, privándolo de la escasa conciencia que para esa hora habría tenido. Incluso se había partido una pierna probablemente por que parte de la resquebrajada pared le había caído encima.

La noche proveyó a Chorizo una impresionante pero inclemente sábana con la que forzosamente tuvo que cubrirse.

En la soledad de su desgracia, adoptó la posición que consideró más lo protegería de la noche. Trató de conciliar el sueño cogiéndose de los hombros en un intento por defenderse del frío que solamente él y los de su misma condición sentían. Mientras tanto, al rozar con sus dedos la sucia camisa, no pudo dejar de recordar aquel día feliz en el que sus hijos se la habían regalado para celebrar su cumpleaños y el hecho que ya cumplía cinco meses de haber dejado la bebida. Esto por enésima vez. A su familia no le importaba siempre y cuando se mantuviera sobrio al menos cuatro días de la semana.

Los recuerdos acudían a su mente muy vagos y lo único que parecía un poco más claro eran las voces alegres, las risas y sonidos típicos de estas celebraciones.

Ahora, mientras el alcohol serpenteaba por su sangre y golpeaba sus sienes tornando su mente atribulada bastante borrosa, algo que parecía el atisbo de una lágrima asomó a sus enrojecidos ojos. Recordó también a su madrecita, quien hacía ya tres años había partido hacia el viaje del que no se regresa. Chorizo pensaba en momentos como este, que gran parte de la culpa por la que había muerto era suya. Los seres en mayor desgracia tienen la tendencia a castigarse incrementando su pena con pensamientos de culpa.

La luna se paseó a todo lo largo de aquella melancólica noche y en un claro intento de paliar un poco el pesar del pobre Chorizo ya cerca del nadir, trajo consigo un poco del piadoso sueño que él tanto necesitaba.

En medio de su tormentoso letargo la ciudad también durmió, incólume y quizá hasta ignorante de las serpentinas de pesadumbre y tristeza que sobre ella se cernían.

Los primeros sonidos de la trompeta de Aurora lo despertaron, anunciando en su singular carruaje que el Dios Sol estaba por aparecer. Por alguna extraña costumbre ya que nada le impedía quedarse durmiendo 'hasta que le roncara la regalada gana', se levantó soportando los mil y un dolores que le producía el solo hecho de respirar. Tomó rumbo al oriente por la cuarta calle, luego doblaría hacia el 'Barrio Santa Bárbara' siguiendo una ruta trazada muchos años antes que él siquiera pensara en nacer.

Con su relumbrante Corona el Sol empezó a dorar el horizonte y la espalda del Cerro Tecana y salió a recibir indistintamente a Chorizo y a todos los seres que lo necesitaran sin hacer distinciones de condición o de clase.

Los primeros rayos rebotaron en su frente curtida al igual que sus brazos, manos y pies por efecto de la ingestión de enormes cantidades de alcohol.

Sin dejar de abrazarse a sí mismo y con un andar vacilante continuó su incierto camino, no hacia un futuro, sino más bien para intentar alejarse de un pasado que lo perseguiría hasta su tumba.

Cruzó en la esquina de la cuarta calle con la primera avenida norte en dirección precisamente de la
'Iglesia de San Lorenzo' pues quería evitar pasar por la casa de su tía.

A decir verdad ella había sido muy considerada y aparte de los acostumbrados y muy merecidos discursos con el contenido de siempre, cada vez que la había buscado ella le había tendido su mano caritativa. Pero de la última vez que le había pedido un favor a la fecha hacía ya varios meses, en los cuales se había deteriorado hasta el punto de parecer definitivamente otra persona. Chorizo no quería que su tía lo viera así y sabiendo que esa es la hora en que todos los viejitos se sienten obligados a levantarse, prefería desviar su camino unas cuadras antes de llegar a su casa a fin de evitar que la mala suerte los pusiera frente a frente.

Se sentó en los alrededores del atrio de la 'Iglesia de Santa Bárbara' y ahí, viendo de soslayo el altar mayor elevó una plegaria muy suya:

- ¡Diosito!, Ya se me acabaron los Padres Nuestros. Sé que no pertenezco al mismo lugar donde descansa mi madrecita, pero te pido que me llevés pronto y me dejés llegar aunque sea solamente un instante junto a su lado para arrojarme a sus pies, lavárselos con mis lágrimas de arrepentimiento y pedirle perdón por la desgracia de hijo que resulté ser.

Muchas veces parece que ni la muerte se compadece de los miserables y mientras transcurría otro día en la vida de Chorizo, éste empezó su viaje de vuelta a aquella rutina desgastante.

Su ruego para terminar su constante sufrimiento no se cumpliría este día.

Hoy ni siquiera era un buen día para morir y el turno de Chorizo tendría que esperar.

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The Sphinx
thesphinx@navegante.com.sv


Autor:    The Sphinx | Area:    Literatura
Título:    Chorizo | Fecha de publicación:    03/08/2001 11:25:05
Etiquetas:    Inéditos

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