Cada día, a las 12:25 en punto ella salía del trabajo y allí estaba mi taxi esperándola. Siempre montaba en mi coche. Lo solía tener perfectamente aparcado ante la puerta, esperándola. Sabía que me elegiría a mí y por eso no permitía que nadie subiese antes, manteniendo oportunamente oculto el cartel de LIBRE hasta que ella salía a las 12:25 en punto. Siempre la llevaba yo. Comprendí que no era casual que coincidiera siempre en la elección de mis servicios. Se estableció implícitamente entre nosotros una relación que transcendía por mucho lo profesional.
Durante el trayecto, yo siempre miraba por el retrovisor y veía sus ojos dulces. ¡La tremenda dulzura de sus ojos me sobrecogía! Leía perfectamente en ellos, sabía lo que aquello significaba. Siempre que me decía "Verdaguer, 49" y "Quédese el cambio. Gracias." yo entendía al instante lo que ella quería decirme realmente. Comprendía su sutileza encubierta, descifraba perfectamente el tono suave y afectuoso con el que vestía sus palabras, cada día, a las 12:25 en punto. Ella me amaba, eso era evidente. Tanto, que su reincidente y discreto amor hizo mella en mí. Acabó logrando que me enamorara de sus dulces ojos. Entonces yo ya sabía que éramos el uno para el otro, no hacía falta más. Sabía que nuestro amor sería eterno. Pensé que nada lo enturbiaría jamás.
Me engañé. Me di cuenta un viernes. Ella salió de trabajar, como siempre, a las 12:25 en punto y montó en el taxi. Ese día, sin embargo, no recitó nuestra encubierta clave amorosa sino un desconcertante "Avenida Newton, 137" y "Se lo doy justo. Buenos días." Esta infidelidad me sacudió. No me permitió reaccionar enseguida. Produjo un cataclismo tal en mi mente que no conseguí reponerme durante varias horas. Fue más tarde cuando, meditando en el percance, me di cuenta de que era culpa suya.
Me había convertido tan sólo en aquello que ella quería que fuese. Me había transformado en su juguete, me había dominado. Me llevó a traicionar mi propia condición, a subyugarla bajo los deseos de una voluntad extraña. Mi orgullo, tan activo y poderoso en otros tiempos, se sorprendió denigrantemente humillado a un limbo interno, mancillado, carente de ningún peso en mi personalidad, ausente, expulsado injustamente de la aristocracia anímica que gobierna mi carácter. Desde su exilio me increpaba, se avergonzaba de mi cobardía, me insultaba, denunciaba a mis sordos oídos como en esos momentos ya no era "yo" quien mandaba sino un "ella" que me inundaba hasta ahogarme. Yo ya no era más que un despojo, una caricatura. Me estaba deshaciendo, me fundía. Corría el peligro de borrarme, de acabar diluido en el fondo de sus ojos, de condenarme eternamente a la dirección que su voz desease.
Tenía que recuperar el control, debía rescatar mi identidad del agujero negro que me estaba sorbiendo sin esfuerzo. Sólo apelando a ese orgullo que ahora se esforzaba en rescatarme, podía reafirmarme y obtener la seguridad de que carecía para renunciar a la trampa dulce que me asfixiaba. De hecho, ella era la culpable. Sabía que sin su influjo no habría cambiado como lo hice. Traicioné mi condición, me dejé arrebatar las riendas de mi propio mundo por la tremenda dulzura usurpadora de sus ojos. Debía hacer algo.
Cada vez que lo pienso lo veo más claro, sí, es tal como lo cuento, estoy en lo cierto. Actué bien. No estoy equivocado. No lo estaba cuando de una vez por todas conseguí liberarme de su hechizo el lunes siguiente a las 12:25 en punto. Tampoco cuando hice entender a aquel juez, ante toda aquella gente, los razonables argumentos que justificaron mis actos, ni siquiera ahora que escribo estas palabras junto al dibujo grotesco de una mujer desnuda y cinco rayitas verticales tachadas, mientras esos barrotes me separan de un obstinado guardia que se empeña en no entenderme.
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El Duende
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