La culpa es del otro
Una de las peores cosas que puede hacer alguien que aspira a una posición de liderazgo es tratar de justificar sus problemas asignando las culpas a otros.
Para analizar este tema voy a utilizar en este caso el ejemplo de mi propio país, recordando su evolución, o quizás su involución: la Argentina, pero los latinoamericanos en general conocerán este tipo de historias pues nuestra porción del continente está plagada de fracasos políticos, sociales y económicos que bien pueden verde desde la óptica del liderazgo.
Nuestros amigos de España quizás no habrán visto en su vida este tipo de problemas, pero la historia no tan antigua de su país también cuenta con hechos que podríamos denominar como kafkianos.
En nuestro país existen muchos problemas económicos, sociales y de otros tipos. Constantemente estamos diciendo que tal fulano es corrupto, o que un grupo especula, que otros se llevan el dinero, que los sionistas nos invaden, o que los norteamericanos nos dominan económicamente.
Cada grupo y cada ideología posee al menos un par de explicaciones sobre las causas de nuestros males.
Frente a un problema es posible hacer una u otra cosa: rechazarlo o degustarlo. Si lo rechazamos, entonces lo resolvemos; si no lo resolvemos, entonces es porque nos agrada, porque nadie hace nada que no le agrade. A esto último se lo puede denominar como masoquismo o ignorancia.
Pero si somos masoquistas, entonces no necesitamos asignarle la culpa a nadie pues la cosa nos agrada. Consecuentemente, cuando culpamos a alguien de una crónica desventura propia, no estamos siendo masoquistas sino a lo sumo ignorantes.
Si no queremos pelear por una solución, entonces nos agrada la situación en la que nos encontramos más que la solución que prevemos. Si estamos dispuestos a luchar por una solución, es porque creemos que será mejor que permanecer como estamos, pero si no somos masoquistas, entonces debemos ser, necesariamente, ignorantes aunque sea en el hecho de que no sabemos que podemos estar mejor.
En todos estos casos, vemos que según quien hable, la culpa es de los norteamericanos, del Fondo Monetario Internacional, del comunismo, de las dictaduras militares, de los pobres, los ricos, los sionistas o nuestros propios vecinos. Es decir, siempre la culpa es "del otro".
Eso ocurre cuando vemos las cosas hacia fuera de nuestro país, pero dentro también siempre tenemos al otro, aquel que tiene la culpa: los políticos, los sindicalistas, los industriales, los exportadores, importadores, especuladores, consumidores, ricos, pobres, intelectuales, abogados, militares, etc.
En la Argentina, la ciudad de Buenos Aires es preponderante: el estándar de vida más elevado, la vida cultural del país, la moda, la política y otras actividades se encuentran allí de manera dominante.
Buenos Aires le asigna la culpa a las provincias del gasto excesivo, atraso, feudalismo político y otros males. Las provincias acusan a Buenos Aires de ejercer una especie de monopolio sobre la vida del país, y de ignorar sus necesidades. Esta pelea ya estaba presente en 1853. Ahora estamos en el año 2002.
Siempre hay "otro". Nadie puede afirmar a ciencia cierta que cualquiera de los demás, o cualquier nación ajena a la nuestra sea un dechado de amor y amistad, pero desde que aprendemos a caminar y comer por nuestros medios, estamos predestinados a defender nuestros propios intereses personales pues ello es inherente a la supervivencia, por lo que debemos valernos por nosotros mismos en vez de excusarnos de nuestra convalecencia.
Hay teorías sobre confabulaciones y conspiraciones por todas partes. Todos somos culpables según la acusación de alguien, en algún tiempo y lugar, pero la única teoría que nos falta es la de la conspiración propia: nosotros estamos confabulados contra nosotros mismos, y esta maquinación es de tal profundidad y sutileza, que ni siquiera nos podemos dar cuenta de ello.
Respecto de esto, que podríamos incluir dentro de las teorías conspirativas en general, cabe decir que por pura lógica podría ser cierto o no.
Si no es cierto, entonces estaremos de acuerdo en que la culpa no es del otro sino nuestra, y por puro placer estadístico digamos que desde el vamos, debemos admitir que un observador totalmente imparcial diría que las posibilidades de que la culpa fuera nuestra y no del otro, serían del orden del 0.5 en nomenclatura propia del cálculo de probabilidades, o dicho en buen cristiano, del 50%.
Es decir, partamos de la base de que hay solamente una posibilidad en dos de que la culpa sea de otro.
Si la culpa es de otro, ¿quién puede decir de qué 'otro' se trata? ¿Quién podría tener más autoridad que todos los demás para señalar a ese elusivo y resbaladizo 'otro'?
Para mí, el otro es usted, y para usted, bien puedo ser yo. Para cada uno de nosotros, el otro es cada uno de nosotros menos uno mismo, y esto quiere decir, que el otro somos todos nosotros para todos los demás excepto nosotros, porque ni yo puedo decir a ciencia cierta que soy mejor que usted, ni usted puede pensar que es mejor que yo.
Es decir, si la culpa no es del otro, entonces es nuestra, y si es del otro, continúa siendo nuestra, por lo que es mejor que empecemos a ver la verdad porque como de cualquier manera vamos a terminar con ella, al menos podremos ahorrarnos las molestias que siempre provendrán del hecho de no reconocerla, sobre todo dado que está probado que no somos masoquistas.
Pero ¿a qué conduce todo esto? La culpabilidad, en este caso, no cambia, pues es de todos, pero nadie asume la responsabilidad, porque así como la sumatoria de las culpas que cada uno le asigna al resto del grupo, excluyéndose a sí mismo, resulta que incluye a todos, del mismo modo resta la responsabilidad de cada uno a los ojos de sí mismo, y nadie se siente culpable de nada.
El resultado de esto es que diciendo constantemente que otro tiene la culpa se obtiene una nación ciega, que no sabe a donde va y no aprende de sus errores, y tarde o temprano deja de entender al mundo circundante porque se olvida hasta de cómo eran los colores.
A partir de allí todo es igual y nada es mejor. La gente pierde los sueños y las esperanzas no solamente porque la situación general le permite cada vez menos hacerlo gracias a recurrentes y cada vez más profundas crisis, sino porque se olvida de lo que es un sueño en sí mismo, como el ciego se olvida de la luz.
Cuando las aspiraciones y deseos que caracterizan a cada uno se pierden, todo se transforma en igual, y la sociedad se convierte en una cosa amorfa y anárquica, pues ya ni dormir de noche es algo especial.
Cuando la conciencia colectiva se atrofia hasta tal punto, solamente un milagro, o más frecuentemente un cataclismo, pueden despertarle. Hay cuatro destinos posibles para estos pueblos: la desaparición, el resurgimiento por obra de un gran estadista, una revolución al estilo de la francesa, o una guerra civil, y estas soluciones, tan dramáticas y aparentemente increíbles, se suceden todos los signos en distintas naciones. Basta con leer la historia de los pueblos para verlo.
Los pueblos, grupos humanos y organizaciones que logran vapulear totalmente su propia percepción colectiva con una dinámica de esta naturaleza, van quitándose opciones para actuar, y al tener que sobrevivir cada vez con menos posibilidades, por el descrédito de su ética, de su clase dirigente, de sus intelectuales, de su industria y su fuerza laboral, en vez de dedicarse al progreso pasan a dedicarse a la supervivencia.
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Pablo Edronkin
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