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John Rawls y la justicia





El filósofo estadunidense John Rawls (1921-2002) murió el pasado 24 de noviembre. Con Jürgen Habermas era el autor más comentado en la filosofía política y Derecho, desde la edición, en 1971, de su obra mayor, Teoría de la justicia y en 1993 de Liberalismo político. Influyó decisivamente en el liberalismo estadounidense y la socialdemocracia europea.

Nació en Baltimore y se doctoró en Filosofía en 1950 en Princeton, donde enseñó. Profesor en Cornell y en el Instituto Tecnológico de Massachusetts; en 1962, en Harvard, alcanzó el prestigioso University Professor, hasta su retiro en 1991.

En Teoría de la Justicia desarrolló una posición ética, alternativa al utilitarismo (que califica la moralidad de una acción en función de la cantidad de individuos a los que beneficia); lo valoró de forma negativa -pues obstaculiza la consagración de los derechos individuales-, y retomó la teoría del contrato social de Hobbes, Locke, Rousseau y Kant.

La justicia, según Rawls, determina que los beneficios y cargas de la sociedad han de repartirse entre sus individuos atendiendo a la equidad. El problema sería definir qué es justo o, mejor, equitativo, en una sociedad contemporánea caracterizada por desigualdades y diversas interpretaciones acerca de los objetivos de las vidas particulares. Sugiere que justicia y equidad serían aquellas que unánimemente aceptarían todos los hombres en una hipotética "posición original", en la cual todos coincidirían a la hora de señalar dos "bienes primarios":

a). Los derechos y libertades básicas; la libertad del individuo se debería extender hasta un límite marcado por el disfrute de similares libertades por los demás;

b). Las desigualdades económicas y sociales deberían modificarse para proveer mayores beneficios a los menos favorecidos ("principio de diferencia").

Marc Saint-Upéry, La Jornada, 6/11/2002 escribió que aunque los ideólogos de todas las tendencias se llenan la boca con las nociones de libertad, igualdad y justicia social, su indefinición en la retórica política cotidiana es impresionante. Para el liberalismo económico, la mano invisible del mercado acabará con todos los problemas de redistribución. Para el marxismo clásico, las leyes de la historia garantizan la victoria final de un orden social igualitario, y es innecesario debatir las normas morales y políticas. Contra ellas, Rawls estableció criterios rigurosos, variación sobre el tema clásico del contrato social.

Rawls parte de una idea sencilla: reglas equitativas son aquellas a las que los contratantes pueden adherirse sin saber de antemano qué beneficio van a lograr. En la "posición original", cada uno tiene que imaginar principios de justicia válidos bajo este "velo de ignorancia". Era un liberal radical, a la izquierda del espectro político estadunidense. Pero su teoría no provee receta para la implementación de la justicia social, sólo sus premisas, que pueden desembocar en varios dispositivos sociales concretos, como una socialdemocracia avanzada o una democracia igualitaria de pequeños propietarios. Sus intervenciones públicas eran escasas. Es triste que esta gran conciencia de la democracia desaparezca cuando se desata la furia imperial y clasista del gobierno más plutocrático que haya conocido EU desde al menos tres generaciones.

Su contexto contractualista es un ideal regulador, no una descripción de cómo las cosas ocurren en la realidad. Muchos le reprocharon su carácter etéreo: en el mundo social real -dicen-, son las relaciones de fuerza y el uso estratégico de las ventajas acumuladas -no las reglas abstractas- las que definen los criterios de redistribución. Pero la crítica subestima el poder paradójico de las normas y de las formas sociales, que se refleja en: "la hipocresía es un homenaje del vicio a la virtud".

El historiador marxista Perry Anderson sugirió que a la teoría de la justicia rawlsiana le hacía falta otra de la injusticia, de las estructuras concretas de dominación que impiden o distorsionan la búsqueda de la justicia social. Una interpenetración más íntima de las ciencias sociales descriptivas y de la filosofía normativa podría fomentar su articulación. Economistas críticos de Rawls, como el Nobel Amartya Sen o el neomarxista John Roemer, trabajan en este sentido.

Mariano Albor, Proceso, 7/12/2002, en El apacible profesor, comenta que su Teoría de la justicia es la obra fundamental en la jurisprudencia moderna, escrita entre silencios prolongados. Corrió con fortuna los peligros de meditar para escribir: no le atemorizan aciertos ni errores. Su concepción es experiencia ejemplar: sus afiliaciones y oposiciones a la intuición realista y el constructivismo kantiano le dan claridad y consistencia. "Los juristas tenemos un compromiso mayor que cumplir porque, todavía, el Derecho es la senda mejor para que la filosofía descienda desde sus escarpadas cumbres a la altura propia de los hombres en su vida cotidiana. Recordando a Leibniz, Franz Brentano repitió: 'Oh, si los juristas renunciasen a su menosprecio de la filosofía y comprendieran que sin filosofía la mayor parte de su jus son laberintos sin salida'".

El liberalismo político, La justicia como equidad, El derecho de gentes, los textos sobre las libertades o el célebre debate con Jürgen Habermas sobre el liberalismo, en el que Teoría de la justicia y Facticidad y validez se confrontaron para pacificar críticas e ideas y señalaron rutas diferentes y posibles para el pensamiento filosófico y político, son acervo imprescindible para afiliarse, discrepar o rechazar su visión del hombre.

John Rawls es un evangelista mayor de la filosofía libertaria en el siglo XX. Su rigor metódico, con definidas esencias kantianas -no exentas del idealismo-, y sus ideas, son discutibles por su propia naturaleza deliberativa y porque así lo dispuso expresamente. Él permitió a los hombres ratificar que las ideas y las palabras son los antiguos instrumentos que los conducirán para vivir en libertad en la sociedad que será.

Poco presente en una academia latinoamericana que lo ignoramos, que padece del legado de una caricatura de marxismo, de la recepción acrítica de las modas teóricas de París o Berkeley, del analfabetismo filosófico de las ciencias sociales y de la dispersión de la reflexión filosófica, el debate sobre su obra sería un remedio saludable; y enriquecería las discusiones concretas sobre política fiscal o focalización de los subsidios sociales.

Tan escasos los filósofos del Derecho en las Universidades del mundo, la ausencia física de Rawls -además de obligarnos a estudiarlo- agrava nuestra orfandad de maestros y asesores políticos de excepcional sabiduría y valores humanos.

Más en México, en donde habemos demasiados abogados y políticos, pero tan pocos juristas y estadistas. ¡Nos urge elevar y dignificar -como Rawls- la sabiduría del Derecho y de la Política!.

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Héctor Rodríguez Espinoza
hectorr@villa1.uno.mx
Profesor Investigador UNO y asesor jurídico particular


Autor:    Héctor Rodríguez Espinoza | Area:    Filosofía
Título:    John Rawls y la justicia | Fecha de publicación:    22/12/2002 14:33:14
Etiquetas:    Biografías

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