Hoy quiero compartir con ustedes una reflexión sobre el ejercicio de la ciencia en México durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Pero antes me parece necesario recordar cómo durante el siglo XVI en Europa la ciencia pudo liberarse de la tutela de la Iglesia católica y de la filosofía medieval para convertirse en un quehacer independiente.
En la Edad Media se pretendió explicar la realidad natural y humana, primordialmente, bajo el significado de las Sagradas Escrituras, esto no quiere decir que no hayan existido hombres con grandes inquietudes científicas. Pero fue muy característico fundar las ideas de la época en algunos de sus grandes exponentes como Santo Tomás de Aquino quien centró sus reflexiones en el pensamiento aristotélico.
Sin embargo, el interés por nuevas rutas marítimas para la expansión del comercio anunciaron en cierto modo la ambición de una nueva manera de pensar el mundo. En 1492, a finales del Renacimiento, el descubrimiento de América prometía un cambio de vida al Viejo Mundo y en el año de 1543 Nicolás Copérnico transformó la visión astronómica del universo con su obra De revolutionibus orbium celestium, libro en el que se sustentó la teoría astronómica del heliocentrismo, y fue tomada en cuenta por Galileo medio siglo después para sus investigaciones. Estos dos acontecimientos de la cultura europea cambiaron completamente la visión del mundo y el conocimiento. La nueva concepción del mundo puso en tan graves aprietos a los teólogos que tanto Galileo como el libro de Copérnico fueron condenados por la Iglesia en 1633.
En Inglaterra Francis Bacon (1561-1626) dio a luz en 1620 al Novum organum scientiarum obra en que los principios básicos de la ciencia moderna tendrían su primera expresión. René Descartes (1596-1650) en Francia escribió en 1637 el Discurso del Método y con esta obra la opinión religiosa y el dogma fueron puestos en tela de juicio para ceder su lugar a la razón. Precisaré los puntos por los cuales he aludido a estos pensadores.
El primero fue la ruptura de la concepción geocentrista del universo que dio lugar al heliocentrismo, reflexión propuesta por Copérnico y difundida por Galileo; el segundo, la expresión consciente de los principios de la ciencia que Bacon dejó plasmados en su obra y el tercero, la propuesta de la razón como fundamento de la verdad por encima de las opiniones o dogmas religiosos, tesis que Descartes enfatizó en su método. Estos tres hechos, podemos considerar, que dieron pie al inicio de una nueva forma de concebir el mundo llamada moderna. Moderna en el sentido no sólo de ser nueva sino también por buscar una autonomía frente al poder y criterio de autoridad ejercido por la Iglesia católica de ésa época y erigiendo en cambio la certeza de la razón que desmantela la tradición del dogma escolástico. Ese deseo de independencia de los hombres de la nueva época frente a los dogmas religiosos fue favorecido en cierta forma por las críticas de Martín Lutero hacia la estructura política de la Iglesia.
El protestantismo y el cambio de economía feudal por el naciente capitalismo facilitaron la creación de sociedades científicas que ya con cierta autonomía y sin muchos hostigamientos eclesiásticos, podrían desarrollar a partir del siglo XVIII las ideas de la ciencia moderna. No debemos olvidar los actos heroicos de Giordano Bruno (1548-1600) ante la condena de la inquisición, que fue muestra también del cambio.
Por consiguiente, la característica principal de la ciencia moderna en Europa es su independencia frente al poder religioso del catolicismo y frente al discurso filosófico medioevo. Hablar de la ciencia en Europa es hablar de un hacer propio que conjunta teoría, experimentación y enseñanza, aunque en sus principios, fueran clandestinas y castigadas sus aportaciones al conocimiento científico.
Para la Nueva España, el México de los siglos XVI, XVII y XVIII, el descubrimiento de América significó el atropello de la dignidad indígena americana, más que la esperanza de una mejora social. La conquista se convirtió en un obstáculo de la ciencia mexicana más que en un atajo. Sin embargo, los intereses de los científicos novohispanos y sus pretensiones de conocimiento no fueron desvanecidos aun con los obstáculos que tuvieron que franquear.
Un ejemplo de ello es la obra de Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700) quien escribió en 1690 la Libra astronómica y filosófica, donde respondió a las réplicas y objeciones que algunas personalidades hacían a su Manifiesto filosófico contra los cometas despojados del imperio que tenían sobre los tímidos (1681)1, obra dedicada a la virreyna de la Nueva España Maria Luisa Gonzaga Manrique de Lara, condesa de Paredes, marquesa de la Laguna2, para disuadirla de sus infundados temores por la aparición de un cometa. Quizá sea Carlos de Sigüenza y Góngora el personaje de nuestra historia, el único al que rigurosamente podamos denominar un científico que consideró el conocimiento científico europeo antes de 1850. Intentaré explicar las razones por las que fundamento ésta afirmación.
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En Europa aun con los hostigamientos e intimidaciones de la Iglesia católica a Galileo y la quema de Bruno, la ciencia europea desarrolló no solo una actividad científica -teórica y práctica-, sino además, la enseñanza y practica de sus investigaciones, es decir, una actividad de divulgación cautelosa con total autonomía que lo distanció de los dogmas religiosos y las opiniones filosóficas en voga todavía, como las teorías aristotélicas. Esto nos lleva a considerar que la ciencia moderna en Europa logró cierta independencia, de pensamiento al menos, aún con las dificultades impuestas por el poder político de la Iglesia. Hablar de la independencia de la ciencia europea es hablar de la conjunción de la teoría, la experimentación y la difusión de tales conocimientos para la enseñanza.
En la Nueva España, la religión católica y la corona española permanecieron unidas hasta el año en que inició nuestra independencia. Sin embargo, la Iglesia no dejó de ser una fuerza política importante hasta el triunfo liberal, es decir, hasta el año de 1867. ¿Qué es lo que sucedió en la Nueva España?, ¿la unión del gobierno español con la Iglesia impidió un desarrollo de la ciencia paralelo al de Europa?, ¿se descuidó acaso el estudio de las ciencias?, ¿fue el clero un impedimento para el estudio y desarrollo de la ciencia como lo fue en Europa?
Las respuestas a estas preguntas no son fáciles y por ello no podemos adelantar soluciones poco cuidadosas. Sin embargo, expondremos algunas hipótesis.
Por una parte tenemos que considerar que los intereses de España con respecto a su colonia fueron de dominio y enriquecimiento económico que se tradujo en una explotación de los recursos naturales desmedida. En primer lugar, España tenía que afianzar el poder sobre sus nuevos territorios y súbditos. En segundo, si la explotación de los recursos naturales de América enriquecieron a algunos, eso no quiere decir que se haya planeado un desarrollo económico de las colonias.
Los intereses económicos exigieron el predominio de las aplicaciones de la ciencia, como también la importación de tecnología para la explotación de las minas, el territorio, la flora y la fauna. Es decir, se le dio mayor empuje a ciencias como la metalurgia, mineralogía, botánica, geografía y medicina, aunque no dejaron de existir quienes se avocaron a la química, la astronomía y el naturismo.
De hecho la mayor parte de los libros de carácter estrictamente científico sobre física, matemáticas, astronomía y filosofía natural (biología) fueron escritos por jesuitas mexicanos en el siglo XVIII como Francisco Xavier Alegre, Francisco Xavier Clavijero, el padre Abad y Andrés de Guevara y Basoazabal quienes fueron expulsados de América por la orden de Carlos III en 1767. Afortunadamente, la mayoría de ellos tuvieron tiempo de impartir sus cátedras en las ciudades de Puebla, Querétaro y México. Incluso ya exiliados enviaron sus obras a nuestra patria. Si es cierto que en la obra de estos mexicanos se encuentra no sólo un interés por la ciencia sino también la actualidad de las ideas científicas astronómicas, físicas y naturales europeas ¿quiere esto decir que en México durante esa época existió un desarrollo de la ciencia? Veamos con un poco de detalle este asunto.
Si es cierto que en Europa la Iglesia representó un obstáculo para el desarrollo y ejercicio libre de la ciencia. En América, por lo menos en la Nueva España, fueron los eclesiásticos los promotores del conocimiento científico. Pero estudiar los textos de ciencia o conocerlos muy de cerca, no quiere decir precisamente, hacer ciencia. Algunos estudios de hoy afirman que figuras con José Antonio Alzate y Ramírez (1737-1779), Fausto Elhuyar y de Zubice (1755-1833), José Mariano Mociño Suárez Lozada (1757-1820), Andrés Manuel del Río (1764-1849) y desde luego, José Ignacio Bartolache (1739-1790) principalmente, fueron destacados hombres de ciencia. Sin embargo, yo tengo mis dudas al respecto, pues las investigaciones sobre estos estudiosos solo muestran hasta este momento el dominio de la información científica traída de Europa.
Pero difundir la ciencia, no quiere decir, hacerla en cuanto tal. No obstante, aún cuando se pueda poner en duda el desempeño de una actividad estrictamente científica, -teorización y experimentación- no puede ignorarse o desconocerse que los clérigos, principalmente los jesuitas, realizaron una importante labor educativa que afianzó el desarrollo de la ciencia después de la Independencia. Exalto la labor de los jesuitas mucho más que la que puede reconocerse en el padre Juan Benito Díaz de Gamarra y Dávalos () quien escribió una Física que actualmente se desconoce. Algunos estudiosos de la filosofía mexicana de nuestros días, desconociendo la relevante aportación de los jesuitas del siglo XVIII rinden un culto excesivo a la obra y persona de Gamarra, espero que ustedes algún día puedan convencerse por si mismos de las aportaciones de los jesuitas novohispanos antes nombrados.
Los jesuitas mexicanos, desde mi opinión, desempeñaron un papel muy importante en la difusión del conocimiento científico. Es bien sabido que Sigüenza y Góngora tuvo una estrecha relación con los jesuitas durante sus estudios en el Seminario de Puebla y a lo largo de su vida.3 De ahí que considere yo a este estudioso mexicano el único al que apropiadamente podamos denominar científico con toda la extensión de la palabra.
Es característico pensar que durante la Modernidad la división entre ciencia y filosofía establece cambios significativos en el discurso de estas dos áreas del conocimiento humano. Si bien es cierto que aun en Newton el concepto filosofía prevalece para referir una comprensión de la física es sumamente notorio que en el empleo de éste termino no se circunscribe el discurso a la filosofía como tal sino sólo a un convencionalismo o costumbre en el que llamar filosofía natural a una parte de la física sólo tiene por objetivo el hecho de caracterizar una totalidad. Aun durante el siglo XIX Jean Batiste de Lamarck titulara su obra evolucionista Filosofía zoológica. ¿Responderá esa actitud al hecho de un solo convencionalismo o costumbre? o ¿refiere al momento de un desprendimiento en el que un campo del conocimiento humano deja de ser parte del discurso filosófico para cobrar la autonomía de discurso científico? He aquí el punto de partida de mis reflexiones que deseo compartir con ustedes.
En México la Modernidad tienen su aparición durante el siglo XVIII (dos siglos atrás del nacimiento de la filosofía moderna en Europa). , la conquista del nuevo continente retardará en cierta forma la llegada de las ideas científicas europeas aunque Sigüenza y Góngora sea una significativa personalidad de las concepciones astronómicas de la Nueva España.
Notas
Los objetantes contra quienes Sigüenza y Góngora escribiera su Libra astronómica y filosófica fueron Martí de la Torre, Josef de Escobar Salmerón y Castro, y el jesuita Eusebio Francisco Kino.
Cfr. Sigüenza y Góngora, Carlos; Libra astronómica y filosófica; pargf. 7, Pág. 5 y 6; Ed. UNAM; 2a ed.; México, 1984; 251 pp.
Cfr. Benítez, Laura; La idea de historia en Calos de Sigüenza y Góngora; Ed. UNAM; México, 1982; 148 pp.
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Alberto Núñez Merchand
México
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