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Valores éticos del maestro y su influencia en la educación





RESUMEN: el maestro y el alumno son los personajes centrales de una institución educativa. La figura del maestro se ha constituido en la sociedad de todos los tiempos como la persona que es el ejemplo a seguir, a escuchar, a valorar y a exigir. Los valores del docente tienen una influencia definitiva en la educación, en la formación del hombre y es piedra angular del progreso de muchos pueblos.

En el quehacer educativo lo que permanece siempre son los maestros, pues los alumnos y todo el personal de apoyo a la docencia son transitorios. La función de los maestros es muy importante en las comunidades humanas. Su presencia es clave en el proceso y el desarrollo de los pueblos.

La educación es una empresa social y que corresponde primero a la familia, al estado y a la iglesia; sin embargo, la función del maestro en la educación juega un papel muy importante. Según Gregorio Nacianceno la educación es "el arte de las artes y la ciencia de las ciencias".

El maestro encuentra su máximo goce en la realización de sus deseos de formar al hombre como individuo y como persona. En el desempeño de su función, el maestro, como el artista, pone en juego todo su ser, utiliza todas sus facultades físicas e intelectuales, pero sobre todo, y esto lo singulariza, su corazón.

Al maestro se le llama comúnmente de varias maneras: educador, pedagogo, profesor, catedrático, formador, docente, asesor, mentor… títulos que van acordes con las diversas funciones que desempeña en el ejercicio de su cargo. Aunque en el fondo de todas estas acepciones está la esencia de la función magisterial que la distingue de las demás profesiones y actividades del hombre, vamos a hacer algunas distinciones para subrayar la acepción más común, que es la de maestro.

Magíster (maestro) de magis (más), como Minister (ministro) de minus (menos), indicaba originalmente al que es superior a otro en poder, dignidad, autoridad que, por tanto, manda y requiere respeto. Luego pasó a significar a quien es superior a otro en saber, criterio, elevación moral, y que, consecuentemente, puede ejecutar la función de instruir, dirigir, reprochar, premiar o castigar.

En Roma se le llamó Ludi Magister (maestro de juego) o Magister puerorum (maestro de niños). En Grecia recibía el nombre de (conductor de niños). El Cristianismo reservó el hombre de Maestro para Jesucristo.

Con la difusión de la enseñanza en la Reforma nació la distinción del maestro para las escuelas primarias y profesor para las escuelas secundarias o superiores. Este criterio aún subsiste en nuestros días, aunque hay quienes asignan el nombre de maestro a quien recibió una educación normalista y profesor, a quien imparte clases sin haberla recibido.

Otros quieren llegar más alto aplicando el nombre de maestro a quien se ha especializado en estudios de posgrado, tal es el caso de las maestrías, tan comunes en nuestros días. Finalmente hay quienes afirman que profesores hay muchos pero maestros pocos, haciendo alusión a quienes por vocación y competencia saben impartir bien sus clases, y que son íntegros, completos, maestros de verdad, los cuales, en realidad, sí hay pocos. En algunos países de Europa se reserva el nombre de Profesor al que tiene, además de los más altos grados académicos, una trayectoria sobresaliente en la docencia.

Sin llegar a profundizar filosóficamente, podemos decir que el maestro es aquél que, poniendo en juego su vocación, sus gustos, sus aptitudes y toda su persona, ayuda a la educción y formación del hombre en la consecución de su personalidad integral.

Señalemos algunas de sus características más generales:

Autoridad. El maestro tiene derecho educativo participado, pues recibe su misión de los padres, del estado o de la iglesia. Es el principal cooperador de la educación. Esta autoridad es participada, con carácter de dignidad y grandeza, de paternidad espiritual y como máxima autoridad pedagógica. Su dignidad y responsabilidad es muy grande. En sus manos está, muchas veces, el destino de individuos, familias y pueblos.

Vocación. La vocación la demuestra en general con la capacidad, la inclinación y el gusto con que realiza su trabajo. Pero también con la aceptación de la sociedad, de los padres de familia y de sus alumnos. Su vocación es de las más grandes y sublimes que puede desempeñar una persona. Se le equipara, sin lugar a dudas, con el sacerdocio.

Cultura general. Sin ella y sin información suficiente y capacitación técnica profesional, el maestro no sabrá enseñar a pensar, a entender, a tolerar y lo que es más importante, a aprender. Esta cultura general es el conjunto de disciplinas formativas de la persona en conjunción con las facultades que la componen: inteligencia, sentimiento, fantasía, voluntad y actitud. El maestro debe dominar los contenidos de su área profesional.

Personalidad. Dice Kerschensteiner que "solamente de una personalidad fuerte, de una voluntad firme, dirigida exclusivamente por sí misma, puede esperarse una influencia constante y duradera". La personalidad es, en efecto, la condición fundamental del maestro. Hay que admitir que existe la posesión de una personalidad con cualidades parciales, sencillas. Ni una inteligencia superior, ni una cultura brillante, ni una gran fuerzo de voluntad definen la personalidad, pues ésta no depende de la magnitud de las cualidades consideradas aisladamente, sino del junto equilibrio entre ellas.

Pues hay quienes, sin grandes cualidades, dan una admirable sensación de seguridad y eficacia en sus maneras de actuar. Esta personalidad se encuentra en bastantes maestros; existe en todos los que saben ganarse el amor, la estimación y el respeto de sus alumnos. Ni siquiera es incompatible la personalidad con la existencia de deficiencias parciales, con tal que no sean muy graves. La personalidad que se pide para el maestro no es algo inasequible; es, por el contrario, algo que no es difícil de darse y que se puede adquirir mediante un proceso de autoestudio y autodisciplina. Alcanzar una personalidad equivale a encontrarse a sí mismo, a ser como se es, con naturalidad.

Actitud frente al alumno. Todas las actividades del maestro deben desarrollarse sobre el amor a los alumnos. Este amor que nunca se extingue, que sonríe igualmente ante las virtudes que ante los errores de los alumnos, que no conoce la fatiga ni el engaño y que espera siempre sin desmayar en ningún momento.

Otro aspecto de la actitud del maestro es el sentimiento de jerarquía. Hay dos extremos, que a través de los tiempos se han venido imponiendo. Uno, el de superioridad del maestro ante el alumno, a partir del Renacimiento; otro, el de la superioridad del alumno, a fines del siglo XIX. Hay un término medio. La posición interior del verdadero maestro frente al alumno tiene tres aspectos: se siente al mismo tiempo superior, igual e inferior al alumno. Superior, porque conoce y domina aquello de que el alumno ha de apropiarse. Igual, porque tanto él como el alumno tiene aspectos de su personalidad que deben ser respetados por ambos. Inferior, porque descubre en los alumnos cualidades que él no posee o que no posee en esa medida.

La sencillez. Ésta es la expresión pedagógica de la unidad. La educación arranca de la sencillez de la vida sensible, la primera que vive el hombre y aspira a llegar a la sencillez en que culmina la vida espiritual. Los maestros más prestigiados son las personas más sencillas, más humildes, más humanas. El problema de la vida intelectual y el dramatismo de la vida moral se resuelven cuando el hombre conquista de nuevo la sencillez; esto es, la sencillez del sabio, la sencillez del santo. La vida moral y la vida intelectual son, en definitiva, elementos de una misma vida cuya perfección se encuentra en un solo acto en el que el entendimiento contempla y la voluntad goza. En el pensamiento moderno la sencillez es el último valor de la persona.

El hombre puede reaccionar de dos maneras: una, con variedad cuando se deja llevar por la diversidad de los acontecimientos; otra, con unidad que surge de la constancia de su ánimo para dominar los sucesos. La sencillez aquí se llama serenidad.

La sencillez se muestra también con sinceridad y veracidad cuando va contra la hipocresía, o sea, la inadecuación de la persona con su modo de actuar.

En las aptitudes se muestra la sencillez en la vocación, que no es más que hacer sencillamente aquello para lo que uno se siente llamado, lo cual da unidad a todas las acciones por muy diversas que sean, como un mismo camino unifica todos los pasos del caminante.

La sencillez está expresada por la nobleza en el ser del hombre y por la claridad y transparencia en la posibilidad de ser conocido por sí mismo o por otros. La nobleza primeramente es un valor humano. Se utiliza también para las cosas. Por ejemplo: el mármol es materia noble porque de ella sale la estatua. Se dice que un trabajo es noble porque reditúa al que lo realiza la ganancia constante que se requiere para el sustento de la persona.

La nobleza del hombre le viene de su unidad, de su ser. De la nobleza de ser viene la nobleza de proceder, lo cual le permite a un hombre conocerse bien a sí mismo y ser bien conocido por los demás. La nobleza en la actividad (unión del ser y del hacer) es equiparada a la línea recta (unión entre dos puntos). La rectitud se atribuye a quien es noble en el ser y en el hacer. El hombre es recto, franco, claro, transparente, leal, amigo. Es un hombre de una pieza. Esto es el hombre sencillo. No se desespera porque une una situación presente con una futura. La sencillez, como medio de comunicación educativa, pide un modo de hablar y de actuar.

Bondad y justicia. Pedir una virtud perfecta es demasiado, pero sí se puede pedir ejemplaridad en la conducta, por lo menos delante de los alumnos y detrás en aquello que pueda trascender a ellos; no sólo porque los alumnos son imitadores, sino porque su inteligencia forma pronto una idea de los maestros, simple pero clara. Ciertas desviaciones de la conducta del maestro pueden causar efectos perdurables en la moralidad de los alumnos.

Paciencia. De entre las virtudes particulares necesarias al maestro, la paciencia y el autodominio son las necesarias para la índole profesional. Sin embargo, vive en el mismo mundo de los demás y es hombre también que siente alegría y tristeza. Los años van quitando el dinamismo, pero dan experiencia, vista psicológica y tacto pedagógico.

Conclusiones. Cuando se considera al maestro con el pensamiento de pedirle cualidades, se suele mirar muy alto: instrucción, costumbres sobrias, buena educación, conocimiento del mundo y toda una lista de cualidades que se ha ido alargando tanto que ya no hay modo de agregar ninguna por mucha imaginación que se tenga. Todas son deseables y que se den en alto grado

Ya está por demás decirlo, pero el maestro debe tener en algo grado todas estas cualidades y valores morales, ya que su vocación, su profesión y sus actividades así lo requieren. El conjunto de todas ellas forman su esencia, que lo constituye como maestro y educador y lo distingue claramente, con excepción del sacerdocio, de todas las demás profesiones y actividades que puede desempeñar hombre alguno en este mundo.

Este es el verdadero maestro, aunque en la realidad se esté muy lejos de serlo. Pero, como ya dijimos, hay que aspirar a serlo, a conseguir ese ideal, ese arquetipo, ese modelo. Sólo así podremos dignificar más y más esta profesión y colocarla en el lugar donde debe estar para que su influencia en la educación y en la formación del hombre sea para bienestar y progreso de la humanidad.

BIBLIOGRAFÍA

GARCÍA HOZ, Víctor. Cuestiones de filosofía individual y social de la educación. Edit. Rialp, Madrid, 1999.

PIO XI. Divini Illius Magistri. Lettera Enciclica sulla educazione cristiana della gioventù Vaticano, Roma, 1939

VARGAS MONTOYA, Samuel. Ética o filosofía moral. Edit. Porrúa, S.A. México, 1996

Alfredo Lugo González
alfredolugo@yahoo.com
Candidato a optar por el Grado Académico de Doctor en Educación
Universidad Vasco de Quiroga, A.C.
www.alfredolugo.net


Autor:    Alfredo Lugo González | Area:    Educadores
Título:    Valores éticos del maestro y su influencia en la educación | Fecha de publicación:    01/04/2004 19:57:00
Etiquetas:    El maestro y sus valores

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