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Diseño–Sociedad–Naturaleza: hacia un desarrollo sostenible en Latinoamérica





Durante las dos últimas décadas el problema del deterioro ambiental ha estado en el centro de muchas discusiones académicas. Dicho deterioro podría decirse está muy relacionado con la visión de la naturaleza como algo que tiene únicamente un valor instrumental –como a un medio mediante el cual el ser humano puede alcanzar sus fines– y con el no reconocimiento de su valor intrínseco.

Es claro que una solución a éste problema no podría reducirse únicamente a acciones en el campo de la tecnología, es necesario tener además, un claro y crítico entendimiento de las estructuras económicas y políticas, así como de los fenómenos y procesos sociales y culturales mediante los cuales el hombre se relaciona con su entorno natural, así como de las disciplinas que sirven a éste propósito. Disciplinas como el diseño, por ejemplo, cuya influencia como transformador de nuestro comportar, su impacto en las personas y su identidad cultural, ha recibido muy poca atención.

Una idea de desarrollo (económico) sostenible, ha de considerar no sólo lo natural, sino también lo humano. Se hace indispensable pues, una reflexión sobre los motivadores que llevan a las sociedades a explotar la naturaleza para la satisfacción no sólo de sus necesidades, sino también de sus aspiraciones y deseos.
Progreso

Progreso es un término que ha tenido múltiples interpretaciones a lo largo de la historia, pero es la idea de que es algo indispensable para hacernos menos miserables la que le ha dado el sustento que necesitaba para su popularización definitiva con el nacimiento de la sociedad industrial y del capitalismo. Por todas sus consecuencias, el progreso puede ser una experiencia difícil y dolorosa y nuestras reacciones ante él son múltiples y ambivalentes: queremos las mejoras en las condiciones de vida y el confort que el progreso proporciona, pero cuando nos hace perder cosas que valoramos, nos obliga a cambiar nuestras creencias básicas, o nos obliga a movernos en el campo de lo no familiar, de lo desconocido, entonces nos inclinamos a resistirnos a él.

La idea de progreso comúnmente aceptada se asocia a lo que nos ha traído el capital industrial, y fue sólo con la explosión de la industria en el siglo dieciocho cuando las ideas de progreso fueron usadas para vender los productos de sí misma.

Dentro de los beneficios que nos ha traído el progreso están más comida, mejores sistemas de transporte, menos exigencia física en la realización de las tareas cotidianas, etc. Pero es una peculiaridad de los sistemas capitalistas el que el progreso traiga también muchos otros cambios, no todos deseados (Forty, 1986), es por eso que en nombre del progreso hemos tenido que aceptar muchas cambios, y hemos tenido que renunciar a cosas queridas como recursos naturales no renovables, tradiciones, valores, etc. Esto produce desarraigo cultural, crisis de identidad, deterioro de las condiciones ambientales y del capital social, especialmente cuando se trata del 'progreso' impuesto por otros grupos culturales, al no considerar las relaciones cultura–desarrollo en un momento donde conservar los valores culturales y la noción de identidad es de vital importancia (para el desarrollo), ya que sirven como fuerza de cohesión en tiempos en los que otros se están debilitando (Kilksberg 1999).

El progreso está históricamente marcado por una serie de contradicciones: mientras que el continuo incremento de nuestras habilidades nos permite un mayor dominio de la naturaleza a través de la tecnología (Blasco 1997), el ser humano crea desequilibrios ecológicos de gran magnitud poniendo en peligro su propia supervivencia (Kilksberg 1999).

La noción de progreso esta asociada, entre otras cosas, a mercancías, bienes, objetos, productos y servicios, que de una u otra forma han sido diseñados por y para el hombre, como soporte a la cultura de la conservación del capital industrial y se basa en un axioma propuesto por Blasco:
El progresivo e imparable aumento de los conocimientos técnicos, aumentará nuestro dominio de la naturaleza, y cada vez nos será más fácil someterla a nuestros deseos y moldearla a nuestro antojo (Blasco, 1997)
Axioma que se sustenta con las siguientes premisas:
  • La abundancia y la variedad de bienes y servicios materiales promueven la felicidad individual y social. (La felicidad por la abundancia)
  • La tecnología nos permite eliminar las molestias y miserias propias de la vida e inherentes al esfuerzo de conservarla. (Supresión de las molestias de la vida)
  • La tecnología nos proporciona unos órganos exosomáticos que mejoran y amplían las capacidades de nuestro cuerpo. (Ampliación de nuestras facultades personales)
  • La tecnología nos permitirá corregir las consecuencias desagradables que se puedan derivar de su propio empleo. (Ausencia de riesgos)
  • El progreso es capaz de cubrir las expectativas que genera.
De esta manera la 'cultura' que el progreso genera, sirve de soporte, y a su vez, divulga la moral individual y social que permite sustentarle (Blasco 1997). La idea de progreso no se puede desasociar entonces de el tema de diseño, como generador de los productos del progreso, ni de los modelos económicos que le sustentan y defienden.

Es la idea de progreso lo que ha mantenido y desarrollado al capitalismo, que depende de la capacidad de generar y vender productos nuevos. Las sociedades pre-industriales se dedicaban al desarrollo de objetos exclusivamente para satisfacer las necesidades simbólicas, funcionales, etc. (bricolaje) (1), intentando conseguir que su duración fuera máxima, que su envejecimiento se produjera con el mayor retardo posible (Fumadó 1996). Pero en cuanto el consumo de esos productos entra a ser parte del funcionamiento de esas sociedades, para quien produce dichos objetos deja de tener interés el que estos tengan vida infinita. Cuando un mercado está saturado del mismo producto, el sistema no puede detenerse, entonces es necesario hacer que acepte más de lo mismo, bien vendiendo la idea de que la densidad del producto per–cápita debe aumentar (cada miembro de la familia debe tener su propio TV), o forzando su obsolescencia formal o tecnológica.

Para esto es necesaria la participación activa de una disciplina (p.e. el diseño) que sea en si misma retórica. Esto significa que dicha disciplina para garantizar la supervivencia del modelo económico debe ser suficientemente persuasiva como para vender algo que es hermoso o de alguna manera muy atractivo sin importar que sea impráctico (Cross 1999). No se trata entonces de la cultura del bienestar, no se trata de producir soluciones a las necesidades humanas sino de producir satisfactores a nuestras aspiraciones y deseos, o de crearles para luego proponer nuevos satisfactores. Un claro y famoso ejemplo de lo anterior es el walkman, un producto que ninguno sabía que quería hasta que lo vio.

Nuestro trabajo es darle al cliente (..). no lo que él quiere, sino lo que él nunca soñó siquiera desear; pero que cuando lo obtiene, lo reconoce como aquello que ha querido todo el tiempo.2
La velocidad de la producción y la diversificación de los objetos se han convertido en fines en si mismos. El objetivo es pues, el mantenimiento del modelo.

De las necesidades y las aspiraciones humanas

Con el fin de establecer unas políticas de desarrollo sostenible no sólo a nivel mundial o regional, sino también a nivel de empresa, es necesario tener un claro entendimiento de las necesidades humanas, sus satisfactores, y sus procesos de formación en las diferentes sociedades. Maslow, Kamentzky y Doyal & Gough han propuesto modelos explicativos de las necesidades humanas, sin embargo llama la atención especialmente la realizada por Manfred Max-Neef, que propone un modelo de desarrollo basado en la búsqueda de la satisfacción de las necesidades básicas y no solamente en el consumo de objetos que son satisfactores de aspiraciones y deseos.

En las propuestas de economía de desarrollo, el objetivo es exclusivamente la búsqueda de satisfactores de necesidades básicas como comida, refugio, salud y educación, pero no consideran la satisfacción de otras necesidades que harían más sostenibles los modelos, como las necesidades de participación, (re)creación e identidad. En el resto de las teorías económicas las personas tienden a no tener necesidades sino aspiraciones y deseos, que son infinitos e insaciables, y están basados en preferencias altamente dinámicas y transitivas (Kamentzky, 1992).

La propuesta de Max–Neef sobre las necesidades considera dos dimensiones: una dimensión existencial –ser, tener, hacer y estar– y una axiológica –subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, recreación, creación, identidad y libertad– (Max–Neef, 1992). Ser registra atributos personales o colectivos, que pueden ser expresados como sustantivos. Tener representa instituciones, normas, leyes, etc. Hacer representa acciones que son expresadas en forma de verbos y estar representa ubicaciones en el sentido de tiempos y espacios.

Las necesidades no dependen de un sistema específico de valores o de estructuras sociales determinadas, ni son condicionadas por el ambiente natural en el cual una comunidad evoluciona, ni por su grado de desarrollo social ó tecnológico.

Las necesidades son relativamente constantes, ya que presentan variaciones muy pequeñas en el tiempo y que son el resultado de la evolución biológica, social e individual del hombre. Los deseos y aspiraciones son en cambio, modificables, incluso es posible suprimirlos mediante actos de voluntad, ya que son producto de la interacción del individuo con su entorno social y cultural (Kamentzky, 1992; Max–Neef, 1992; Restrepo, 1999).

Proponiendo una diferencia entre necesidades y satisfactores, es posible establecer que las necesidades fundamentales del hombre, a diferencia de sus aspiraciones y deseos, son finitas, pocas y clasificables, y que además, las necesidades humanas fundamentales son las mismas en todos los sistemas culturales. Lo que cambia con el tiempo y entre los diferentes sistemas culturales es la manera o los medios como dichas necesidades son satisfechas, pudiendo llegar a decirse que lo que da identidad cultural a un grupo son los satisfactores que selecciona para cubrir sus necesidades (Max–Neef, 1992, Restrepo, 1999).

Esta propuesta permite una reinterpretación del concepto de pobreza y de calidad de vida. Medir la pobreza solamente en términos de ingreso per–cápita es limitante y restrictivo. Existen diferentes tipos de pobreza, cada que una de las necesidades no esta completamente satisfecha se puede decir que hay pobreza de dicha necesidad. La continua sustitución de satisfactores como la socialización y la participación en comunidades por formas de vida más solitarias, que favorecen un pseudo–autismo, soportadas por elementos proporcionados por la tecnología, y la sustitución del contacto personal por el contacto impersonal a través de medios electrónicos, genera pobreza de afecto y de identidad, y esas pobrezas a su vez generan patologías que desembocan en graves consecuencias de tipo social tales como altos índices de criminalidad, violencia excesiva, no reconocimiento a las instituciones y las normas, suicidio, y la tendencia al exceso en la posesión y consumo de bienes entre otras. Esto puede explic ar la explosión del consumismo entre las sociedades ricas pero emocionalmente pobres (Kamenetzky, 1992, Pratt et al, 2000)

Se ha encontrado, estudiando las causas de la anomia, que es mucho más severa en personas que carecen de medios aceptables para alcanzar sus metas culturales. Las metas pueden llegar a ser tan importantes que, si los medios institucionalizados –p.e., aquellos medios aceptables de acuerdo con los estándares de una sociedad– fallan como medios para alcanzarlas, entonces se recurre al uso de medios ilegítimos. Poner un mayor énfasis en los fines en lugar de ponerlo en los medios resulta en un estrés que lleva al rompimiento de las estructuras reguladoras –a patologías como la anomia–. Si por ejemplo, una sociedad presiona a sus miembros a adquirir riqueza, status, o los conduce hacia el extremo en que para satisfacer su necesidad de aceptación debe consumir ciertos objetos –como es el caso de algunas tribus urbanas o ghettos–, sin proporcionarles los medios adecuados para hacerlo, el estrés producido puede obligar a las personas a violar las normas. Los únicos agentes reguladores serían el deseo de una ven taja personal y el temor al castigo. El comportamiento social se vuelve entonces, impredecible.

Desarrollo y sostenibilidad

El Banco Mundial distingue cuatro formas de capital: i) el natural, constituido por el conjunto de recursos naturales, renovables y no renovables con los que cuenta un grupo social, una región o un país; ii) el generado por el ser humano, que incluye obras de infraestructura, capital financiero y comercial, bienes de capital, etc.; iii) el capital humano, determinado por los niveles de nutrición, educación y salud; y iv) el capital social, que apareció en las discusiones muy recientemente. Podría decirse que el capital social está conformado por las instituciones, las relaciones, las actitudes y los valores que gobiernan las interacciones entre las personas y contribuyen al desarrollo social y económico. Esto incluye valores compartidos, reglas de conducta social, confianza, y un sentido común de responsabilidad social que hacen de una sociedad más que un conjunto de individuos.3

Como resultado de la cultura del progreso, impulsada por las sociedades post–industriales, la humanidad ha creado una inmensa cantidad de recursos de producción. En los últimos 60 años se han producido avances importantes en todas las áreas del conocimiento, sin embargo, estos beneficios sólo se han dado para algunos. Al iniciar el siglo, casi 25% de la población mundial debe vivir con menos de un dólar al día (pobreza extrema), 50% con menos de 2 dólares por día (pobreza), 25% no tiene acceso a agua potable y casi 30% no recibe electricidad, mientras que según los informes de las Naciones Unidas 358 personas poseen una riqueza acumulada superior a la del 45% de la población mundial (PNUD, 1998, citado en Kilksberg, 1999). Sin embargo,

Alcanzar la meta de desarrollo económico y social es más viable que nunca en términos de tecnologías y de potencial productivo, pero al mismo tiempo el objetivo se halla muy distante de amplias poblaciones en diversos continentes, entre ellos latinoamérica. (Kilksberg, 1999)
Dicha viabilidad se basa en dos factores: i) La satisfacción de las necesidades de comunicación intelectual, emocional y física, de autonomía, participación, recreación, conocimiento y diálogo con el espíritu no requieren grandes cantidades de mercancías y servicios mercadeables (con valor económico), incluso pueden ser satisfechas sin ninguno, y ii) gracias al progreso tecnológico ahora es mucho más fácil satisfacer simultáneamente todas las necesidades de una población entera de lo que era cuando la producción requería de grandes cantidades de energía humana (Kamenetzky, 1992).

Pero para Latinoamérica las cifras no son más alentadoras. Muchos países latinoamericanos han acelerado los procesos de modernización urbana y de liberalización de la economía, al tiempo que hacen grandes esfuerzos por satisfacer las necesidades básicas de los pobladores de las regiones rurales, sin embargo, cerca del 40% de la población rural es pobre (4), lo que significa que sus ingresos no son suficientes para cubrir los costos de la dieta mínima requerida. Peor aún, cerca del 20% de los pobladores de Latinoamérica viven en estado de pobreza absoluta –basados en sus condiciones de habitación, educación, acceso a la salud e ingresos promedio– y 48% de la población rural vive en estado de pobreza extrema (5).

Pero esa liberalización de la economía trae consigo, así como el progreso, beneficios y perjuicios que hay que mirar con mucha atención. La falta de una clara diferenciación entre progreso y desarrollo y entre necesidades y satisfactores lleva a la comisión de errores conceptuales graves en el planteamiento de los modelos económicos. No es la cantidad de satisfactores a las necesidades o deseos sino la eficiencia con la que las necesidades básicas son satisfechas.

El deterioro de las condiciones ambientales y del capital social han mostrado ser otra de las consecuencias de dichos procesos de liberalización. Países desarrollados que han acabado con sus ecosistemas no permiten a países en desarrollo la explotación financieramente rentable de los suyos, y estos a su vez, en cuanto pueden, los utilizan para competir con el consentimiento de los gobiernos aprovechándose del llamado dumping ecológico (Azqueta & Sotelsek, 1999), que ocurre cuando una empresa no considera para el cálculo del precio de sus productos (todos) los costos ecológicos en los que ha incurrido. No es sorpresivo entonces que mientras las regiones más desarrolladas se preocupan no sólo por los medios de producción limpios sino también por los productos limpios, las regiones más atrasadas se especializan cada vez más en la producción de bienes altamente contaminantes.

Si la integración de la economía y la ecología se convierte en un factor de competencia, las compañías serían más proactivas en esta área (Blätel-Mink, 1998). Pero hay que considerar que no son únicamente los recursos usados durante la producción, o el impacto de los medios de producción lo que se ha de tener en cuenta en un modelo de desarrollo sostenible. Si se considera que el producto es el centro del modelo económico como se explicó anteriormente, y además que el producto en si mismo, al ser un transformador de flujos, usa durante su funcionamiento recursos y elimina desechos, se hace indispensable tenerle en cuenta como un factor crítico dentro de los modelos de desarrollo sostenible. Las emisiones de la industria no son sólo las originadas en el transcurso de la producción, sino también las derivadas del uso del producto mismo (Sánchez, 1999).

Desarrollo sostenible e innovación ecológica son conceptos que incluyen el desarrollo y la implementación de nuevos productos (tecnologías ambientales), nuevos procesos de producción, nuevos recursos, nuevos mercados y nuevos sistemas (por ejemplo de transporte de mercancías) todos ellos integrados en economía y ecología –por ejemplo, introducir aspectos ecológicos en estrategias económicas–.

Es un desarrollo que permite satisfacer las necesidades del presente sin poner en peligro la satisfacción de dichas necesidades por parte de generaciones futuras. (Blättel–Mink 1999).
De acuerdo con Renn, un desarrollo sostenible permanente tiene que mantener el inventario de recursos naturales de tal forma que la calidad de vida de las futuras generaciones pueda ser garantizada (Renn, 1996. Citado en Blättel–Mink 1999).

Se hace necesario diferenciar entre la economía del desarrollo –basada en el deseo de buscar satisfactores a las necesidades materiales de Maslow (aire, agua, comida, refugio, etc.)–, las llamadas 'otras' economías –basadas en la necesidad de mantener un aparato productivo funcionando–, y una economía que considere además el crecimiento del individuo mediante la satisfacción de todas sus necesidades –existenciales y axiológicas– y que permita el desarrollo armónico de las cuatro formas de capital descritas.

El capítulo cuatro de la Agenda 21 (United Nations, 1992) "Changing consumption and production patterns" dice que la mayor causa de la continua degradación de el ambiente global son los insostenibles patrones de producción y consumo, particularmente en los países industrializados. Refiriéndose a un cambio importante en la aproximación al problema: del proceso de producción al proceso de consumo.

Es imperativo pues, no sólo replantear las políticas ambientales relacionadas con la producción y el intercambio comercial, sino también modificar la cultura de consumo y la actitud del individuo frente a la satisfacción de sus necesidades.

Desarrollo sostenible debe ser entendido entonces, no sólo en un sentido ambientalista, sino también, al ser diferenciado de progreso, en un sentido humano, que al considerar todas las dimensiones de las necesidades del individuo, le permita crecer y evolucionar social e individualmente, sin comprometer el crecimiento y evolución de las generaciones futuras, pues el concepto de sostenibilidad no sólo compromete el capital ambiental, sino también el capital social.

Diseño y objetos

Los modelos económicos han sido extensivamente estudiados y asociados a la idea de bienestar, pero la influencia del diseño como transformador de nuestro comportar ha recibido muy poca atención. Lejos de ser una disciplina neutral e inofensiva, una expresión meramente artística, el diseño tiene un gran impacto en las personas y su identidad cultural, porque puede moldear ideas acerca de quienes somos y cómo debemos comportarnos de manera permanente y tangible (Forty, 1986). No es entonces sólo una demostración del nivel de desarrollo tecnológico de una sociedad, el diseño da cuenta además, a través de sus objetos, de las creencias y valores, así como de las aspiraciones y deseos del grupo del cual surgen.

T. Gaudin en su modelo explica que "por una parte la sociedad produce sus objetos, y por la otra, los objetos transforman la sociedad y sus costumbres. Se trata de considerar este ciclo en su conjunto, de percibir su sentido, de construir con él un método de análisis y también de comprender qué posibilidades hay de actuar en él." (citado en Quarante, 1992).
Si se puede decir que cultura es todo aquello en virtud de lo cual los miembros de un grupo dotan de significado y sentido sus actividades y sus objetos (O'Hear 1998), y además que cada uno de nosotros es lo que es por el grupo al que pertenece (Loughney 1998), no podría entonces negarse la inmensa importancia del diseño y su producto (los objetos) en la conformación de las identidades culturales, en las ideas de progreso, y como se explicará más adelante, en las ideas de desarrollo.

Los objetos no son soluciones sino satisfactores de las necesidades humanas. Una concepción errada sobre el tema ha llevado a nuestras sociedades a convertirse en sociedades de consumo masivo bajo la premisa de que la calidad de vida se puede medir en función de la cantidad de satisfactores disponibles.

Mientras que un satisfactor es la manera última como una necesidad es expresada, las mercancías son en un sentido estricto los medios por los cuales los individuos potenciarán los satisfactores para para cubrir sus necesidades. Sin embargo, cuando las formas de producción y de consumo convierten a las mercancías en un fin en si mismas (...) se crean las condiciones para la conformación de una sociedad alienada, comprometida en una carrera productiva sin sentido alguno. La vida es entonces puesta al servicio de los artefactos, en lugar de poner los artefactos al servicio de la vida. La pregunta sobre la calidad de vida es sustituida por nuestra obsesión de incrementar la producción. (Max–Neef, 1992)
Cuando se habla de objeto se tiene la idea de que es algo que sirve para algo, que hace algo. El objeto es entonces, en una primera mirada, absorbido en la finalidad de uso, en lo que es llamado la función. El objeto sirve al hombre para actuar en el mundo, para modificar el mundo y para estar en él de una manera activa. Es entonces una clase de mediador entre la acción y el hombre, aparece cuando una cierta transformación del mundo no puede ser alcanzada únicamente con la capacidad corporal humana (Barthes, 1964; Rodríguez & Restrepo, 1999).

Los objetos tienen funciones, pero también comunican información. Siempre hay un sentido que sobrepasa la función del objeto. Estos sentidos son independientes de la función del objeto porque sólo pueden ser asociados a significados, y las funciones sólo pueden ser asociadas a significantes. La semantización del objeto se da cuando el objeto es producido y consumido por una sociedad de seres humanos, cuando es nominado. Para encontrar objetos sin sentido debería buscarse en estados absolutamente asociales (Barthes, 1964). Sentidos y significados son entonces atribuidos a los objetos –así como lo son las funciones y modos de uso– en contextos socioculturales y son influenciados por dichos contextos. Para que un objeto tenga sentido para un usuario, su comportamiento (función) y su apariencia física deberán estar de acuerdo con sus habilidades y estrategias cognitivas y de aprendizaje, con sus mecanismos de creación de imaginarios y con sus vivencias experienciales (contexto sociocultural). Esto no necesariamente ocurre en las sociedades que al no poder producir (todos) sus 'objetos de deseo' –por diversos factores como falta de recursos tecnológicos–, modifican sus valores y creencias para acomodarlos a los objetos que tienen disponibles. Los objetos se convierten entonces en potentes transmisores de información y de colonización cultural, al ser capaces de provocar cambios en los valores y creencias de un grupo social.

En la teoría de selección cultural se explica porque ciertas culturas o elementos culturales se expanden, posiblemente a costa de otras culturas o elementos culturales que desaparecen. Siendo considerados como elementos culturales las estructuras de organización social, las tradiciones, mitos, ritos, arte, normas de comportamiento, conocimiento (aplicado o no), etc. Nace de las ideas propuestas por Darwin y Wallace sobre la selección natural –porque los elementos culturales son vistos como análogos a los genes en el sentido de que pueden ser reproducidos de generación en generación y pueden producir cambios– aunque su modelo de evolución podría ajustarse mejor a las ideas pre-Darwinianas propuestas por Lamarck, ya que un individuo que adquiera una característica de tipo cultural durante su vida puede transmitirla a su progenie, o a los otros individuos de su comunidad, dándole ese rasgo distintivo que es la altísima velocidad de cambio que no se da en la naturaleza. Así mismo, una cultura puede evolucionar porque individuos que poseen ciertas características distintivas son más aptos para reproducirse y/o transmitir esas características a su descendencia.

Desde este punto de vista, en una sociedad con una economía de libre mercado, la competencia juega un papel preponderante en la determinación del curso de la evolución social y económica (Fog, 1999). Toda la información asociada a los objetos producto de las transacciones entre dichas sociedades, es apropiada por los grupos que la reciben. De ahí la importancia de considerar más seriamente en los modelos de desarrollo el papel de los objetos y los medios que los producen y su impacto en nuestro milieu y en el comportamiento del hombre.

Referencias

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BLASCO, J.:  Los artefactos y sus proyectos. Edicions Barcelona:UPC, 2000.

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Notas
1. Ver "El pensamiento salvaje" Claude Lévi-Strauss, 1962.
2. D. Ladsun. (1965) An arquitect's approach to arquitecture' RIBA Journal Vol 72 Nº 4. (Citado en Cross, 1999).
3. (Fuente: World Bank) La adopción de esta propuesta del BM tiene como único objetivo tomar ventaja de las posibilidades metodológicas que ofrece el separar estas cuatro formas de capital, pero no representa un juicio de valor del autor a las políticas de dicha institución.
4. Se había dicho anteriormente que estos indicadores de pobreza no son adecuados ni suficientes, pero no se tienen otros datos disponibles, por lo tanto se usan únicamente como ilustración.
5. Interpress Service, UNICEF e informes BID.


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John Restrepo
Delft University of Technology (Holanda) y Universidad Eafit (Colombia)
Extraído de Theomai número 1 (primer semestre de 2000) con permiso del autor y de los editores.


Autor:    John Restrepo | Area:    Ecología
Título:    Diseño–Sociedad–Naturaleza: hacia un desarrollo sostenible en Latinoamérica | Fecha de publicación:    19/04/2001 19:16:31
Etiquetas:    Desarrollo sostenible

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