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La moneda entre monedas





El dólar no sólo es la moneda emitida por la mayor potencia económica de nuestro planeta, sino además la preocupación constante de la mayor parte de los gobiernos del mundo y de muchos de sus habitantes. Entonces, ¿cuál es la importancia real de aquel papel desde el que nos miran perplejos algunos de los más célebres próceres norteamericanos?

En el pasado, la riqueza de las naciones se medía en la cantidad de oro y plata que albergaban las arcas reales, materiales con los que cada soberano acuñaba monedas para pagar sus lujos y los ejércitos que custodiaban su poder. Entonces las monedas tenían su valor en estricta referencia al metal del que estaban hechas. Esta realidad explica muchos hechos históricos, desde la conquista de América, empresa financiada por monarquías ibéricas arruinadas por la guerra contra los moros, hasta la existencia de los corsarios ingleses, eficiente método británico para obtener el oro americano sin tener que sufrir la furia de los pueblos, las selvas o los desiertos. Sin embargo, con el pasar del tiempo a los gobiernos se les hizo cada vez más difícil mantener su nivel de gasto y este método, conocido como patrón oro, comenzó a diluirse en las jugadas financieras de las naciones, las que emitieron dinero de papel o monedas cuyo valor nominal sobrepasaba el valor intrínseco del objeto, a cuenta de negocios que no fructif



icaron o de botines de guerras que nunca se ganaron. Así fue como aparecieron los medios de cambio que se consideraron duros, léase aquellos que mantienen su valor, en contraste con aquellas monedas cuyo valor dependía fuertemente de la cantidad de circulante que pululase por los mercados, generando aquel fenómeno que nos ocupará en otra oportunidad: la inflación.

Con el paso de los años, las naciones abandonaron el patrón oro buscando los obvios beneficios de la deuda. Algunas invirtieron correctamente, logrando equiparar el valor de los productos en el mercado respecto del dinero circulante y por lo tanto mantuvieron su moneda dura, y otras fueron menos prudentes o tuvieron algo de mala suerte histórica, sufriendo los costos de una moneda débil. Así es como en la actualidad Estados Unidos, como antes los reinos británicos con su orgullosa libra esterlina, convirtieron a su moneda, el dólar, en la moneda de las monedas pues, como para que una moneda funcione tiene que ser aceptada como medio de cambio por la población, el dólar hoy es aceptado en la mayor parte del orbe como el medio de cambio entre monedas. No importa el lugar, un dólar es siempre bien recibido.

En estos días de crisis, el dólar es un tema de preocupación para todas las autoridades responsables de la política económica del país, así como de los empresarios, grandes o pequeños, de los comerciantes, de los exportadores y de la gente que gusta de comprar y vender. Esto sucede porque, en definitiva, el valor del dólar es un referente muy fuerte al momento de evaluar las condiciones del mercado, las expectativas de una negocio cualquiera o el real valor futuro de una deuda, asuntos que más a unos que a otros importa sobremanera y que trataremos de despejar en este espacio a la luz de la situación actual.

Durante algunos años el Banco Central mantuvo una política de control sobre el precio del dólar, creando una banda que tenía como eje el valor del dólar acuerdo, técnicamente calculado sobre una canasta de monedas, y cuyo techo y piso estaba dado por porcentajes arbitrarios permitidos de crecimiento o decrecimiento. De esta manera, el valor del dólar no podía alzarse legalmente por sobre el techo, ni caer a los abismos que se ubican bajo el piso. Adicionalmente, existía una política denominada flotación sucia, que consistía básicamente en intervenciones calculadas del instituto emisor para hacer variar el precio de mercado de la divisa, ora manipulando la oferta de dólares vendiendo sus reservas, ora afectando la demanda de los mismos presentándose como un gran comprador. Luego, flotación pues el precio flotaba dentro de la banda a discreción, y sucia pues era el resultado de una acción exógena a los elementos naturales del mercado.

Los objetivos que perseguía esta política cambiaria fueron muy claros y consiguieron su propósito mientras estuvieron vigentes. Como eran tiempos de crecimiento económico, bajo desempleo y las esperadas presiones inflacionarias, era menester mantener al dólar enjaulado en valores bajos, tales que evitaran generar mayor presión sobre los precios internos. No olvidemos que un buen porcentaje de los productos incluidos dentro de la canasta de cálculo del IPC son importados, por lo que su precio depende del dólar. Así fue como se logró la tan ansiada inflación de un dígito. Sin embargo, esta situación de bonanza económica se acabó hace ya un par de años, cuando el ajuste a la economía se hizo imperioso: el gasto subía más allá de las posibilidades productivas del país, las presiones inflacionarias amenazaban fallar los objetivos y, principalmente, el déficit en la cuenta corriente, ya estructural, amenazaba con hacer sucumbir la balanza de pagos de no mantenerse el flujo de capitales extranjeros. Tras el necesari



o ajuste, las autoridades económicas intentaron reactivar la economía, pero las bajas en la tasa de interés aún no entusiasman a los empresarios a invertir. Fue entonces, tras la tormenta, que el Banco Central decidió liberar al dólar de su banda, dejándolo al libre albedrío del mercado. Considerando que el dólar tiende a subir su precio en pesos pues su inflación asociada es menor a la del peso chileno, y por tanto se ajusta al alza, el valor de la divisa ha alcanzado ya los $750, favoreciendo abiertamente al sector exportador que recibe más pesos por cada dólar que vende, en la clara intención del Estado de estimular la demanda agregada a través del sector externo, solucionando en algún grado el problema en cuenta corriente.

No obstante lo atildado de la medida anteriormente descrita, también esta significa que el valor del peso chileno se está depreciando fuertemente, léase vale cada vez menos en un contexto mundial, y por lo pronto, los chilenos, con los pesos en los bolsillos, poseen menor poder adquisitivo para financiar sus necesidades. Esta situación se agrava para aquellas personas y empresas que están endeudadas en dólares, pues en términos de moneda chilena, sus pasivos crecen con el valor del dólar. Y aquí es donde yace uno de los mayores riesgos para el sector productivo nacional, especialmente para la pequeña y mediana empresa, pues si su objetivo es el mercado nacional, recibirá sus ingresos en pesos que cada vez compran menos, competirá contra firmas extranjeras cuyos dólares son cada vez más potentes dentro de estas fronteras, y eventualmente sostendrán costos y deudas en dólares, quizás por maquinarias, repuestos o insumos. En resumen, la situación actual de la moneda implica un fuerte golpe a la competitividad de

las pymes nacionales.

El lector podrá preguntarse qué hacen las autoridades ante esta situación, si acaso en perentorio reclamar. La respuesta será, tal vez, que todo lo que pueden para mantener el barco a flote. Lo cierto es que en la medida que el sector exportador siga siendo el soporte más firme de la demanda agregada, algo así como la esperanza de la reactivación, el dólar seguirá libre para continuar su escalada. Sólo si el sector privado nacional reacciona, abandonando la expectación para ingresar en la acción, emulando a quienes enfrentan la demanda externa, la competitividad de sus negocios dejará de estar en riesgo.

kaarl@interlap.com.ar


Autor:    Carlos Silva Ponce | Area:    Mercados Financieros
Título:    La moneda entre monedas | Fecha de publicación:    25/06/2003 18:25:40
Etiquetas:    Mercados de Divisas

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